Canciones de cuna

Eliminación del Qunitas y violencia simbólica

Siempre me gustaron las canciones de cuna. Mis preferencias no tienen que ver con el plano emocional: no me convoca ningún recuerdo temprano de la infancia. Esta inclinación tampoco está signada por mi paso por la maternidad. Nunca pude cantarle demasiado a mi hija; canto pocas veces, sola y en la ducha, donde nadie me escucha y no me siento expuesta. Simplemente me gustan las canciones de cuna porque detrás del verso breve y la cadencia suave se esconden mensajes, códigos, cifras. Existe un entramado complejo que rara vez se visibiliza.

Desde tiempos inmemoriales los pueblos han utilizado las canciones de cuna para expresar sus carencias. El texto infantil es una vía privilegiada de transmisión cultural. El poder, que por lo general es tuerto y le escapa a las sutilezas, piensa la infancia como el espacio de lo pueril. La canción de cuna ha sido, por lo tanto, ninguneada en forma sistemática. Nadie le presta demasiada atención. Es sencilla, repetitiva, en apariencia inofensiva. Su potencial contracultural pasa desapercibido.

Hagamos memoria. No hay nada pueril en esa madre que está trabajando, trabajando en el campo y no le pagan. Tampoco en las nanas de la cebolla y en el horror del hambre y la persecución política. Las cosas que les transmitimos a los niños en la cuna pocas veces tienen que ver con conejos rosas o bonetes de colores. Por lo general están vinculadas a aquello que nos interpela fuertemente. Hace poco escuché una canción de cuna gallega que hablaba sobre la lengua como orgullo del pueblo y como fuente de identidad. Las canciones de cuna hablan de hambre, guerra, prisión, explotación, lucha.

Josefina Ludmer tiene un nombre para esto. Ella lo aplica a Sor Juana Inés de la Cruz y a su famosa “Respuesta a Sor Filotea”. Voy a expropiar el término por un rato (después de todo, si hablamos de canciones se admiten ciertas licencias poéticas). Ludmer habla de “las tretas del débil”. Expone determinadas estrategias discursivas que encuentran los sujetos más vulnerables. Estos sujetos apelan a grietas textuales para poder encontrar y hacer valer su voz. Trabajan allí donde pueden ser vistos, pero no culpados. Buscan la manera de hacerse oír, pero visten un disfraz que los preserva de la mirada del poder. En consecuencia, producen ciertos textos que, por muy contestatarios que sean, no son punibles. Me gusta pensar que la canción de cuna es uno de ellos.

Vayamos ahora a la fuente primaria. Para cantar canciones de cuna se necesitan (al menos) tres elementos: un bebé, una cuna y alguien que transmita la canción. Cuando hace unos días me enteré de que cierto juez mandó a quemar una cantidad importante de kits pertenecientes al plan Qunitas, me di cuenta de que uno de estos elementos había sido bruscamente eliminado. Me pregunto si la gente que aplaude esa medida (¿habrá alguien que la aplauda?), que mira con beneplácito la quita de derechos básicos (¿habrá alguien que celebre la supresión de derechos?) se dará cuenta de la magnitud del hecho. La eliminación de este plan constituye no sólo un golpe económico, sino también cultural. Simbólico. El gesto de mandar a quemar los moisés le agrega un tono macabro muy cercano a Fahrenheit. Nuestra realidad se encuentra cada vez más cercana a esas distopías donde se queman textos populares.

Es difícil no pensar la eliminación del plan Qunitas como un gesto de revanchismo político. Durante los últimos años cierto sector de la clase media se encargó de estigmatizar el gasto público en base a argumentos endebles. He escuchado comentarios cargados del más acérrimo rencor, escondidos detrás de una fachada “progresista”. Una de las frases más frecuentes era “a mí nadie me regaló nada”. Resulta interesante recordar que los subsidios a los servicios como la luz y el gas también constituyeron parte del gasto público durante los últimos doce años. Me pregunto qué pensarán aquellos que reclamaban que todos “agarraran una pala y se pusieran a trabajar” ahora que se dan cuenta de que, a fin de cuentas, ellos no estaban tan lejos de esos sectores vulnerables. La clase media también se ha beneficiado con las políticas intervencionistas, por mucho que le pese admitirlo.

También pienso que estos gestos se inscriben en la misma línea antiperonista que inició en su momento la Revolución Libertadora. El rencor, el desdén, la destrucción injustificable de todas las conquistas políticas y sociales, la persecución ideológica (ahora mucho más solapada, pero sin dudas presente). En la era Facebook de vínculos virtuales, la persecución adopta tonos grises. Antes hablábamos de las “tretas del débil” y de los mecanismos de resistencia cultural; es justo mencionar que el poder maneja otros discursos muy hábilmente. El tecnológico, por ejemplo. No es casual que hoy hablemos de un ministerio de “Modernización”: todo lo anterior se contempla como viejo, inútil, desechable. Las inscripciones escolares ahora son online. No importa si cientos de familias se quedan sin vacantes; al menos somos modernos y podemos anotar a nuestros hijos mediante un formulario en internet. Parecería que la misma lógica se aplica al plan Qunitas. No alcanza, no sirve, no es cool, no está a la altura (a pesar de que planes similares se hayan aplicado exitosamente en otras partes del mundo). Hay que eliminarlo y, de paso, quemar los moisés.

Nacer en Argentina ha constituido, en muchas épocas de nuestra historia, un acto de valentía. Quizás esta sea una de esas épocas. Que no nos engañen. Todos necesitamos una cuna y una canción para poder enfrentar el mundo.

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María Carolina Fabrizio

María Carolina Fabrizio

Estudiante de Letras. Orientación en Literatura Extranjera. Investigadora independiente del género fantástico y la literatura vampírica. Escritora, ensayista y friki.
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