Opinión

Democracia hoy: la ausencia de la política

Cuando inicié con este espacio de reflexión sobre la democracia, hace poco más de un año, postulé el concepto como un punto de partida para un debate que nos permitiese pensar qué entendemos por democracia, y qué hay de real en eso que entendemos. En aquel entonces, propuse que hay cierto imaginario popular que entiende a nuestro sistema de gobierno como un valor omnipotente que contribuye a situarnos a nosotros, los ciudadanos afortunados de “poseerla”, en el mejor de los mundos posibles. La democracia, advertí, es buena porque: es mejor que su única alternativa posible, la dictadura; acepta la pluralidad de voces, por lo que nos vuelve parte de un todo mayor que es el pueblo; y además, es absolutamente igualitaria, por lo que todos tenemos las mismas posibilidades de gobernar, tanto como de ser gobernados. Desmentir esas tres vías de exaltación del concepto fue tarea de aquella columna, y tantas otras más seguirían su camino descubriendo las ambigüedades y los velos que cubren el discurso sobre una democracia que-todo-lo-puede.

Entre otras verdades irrefutables, debemos recordar que la democracia es (fue, será) un sistema donde se establece una representación por parte de un grupo colegiado que pertenece a una élite minoritaria y que toma decisiones por sobre el cuerpo de ciudadanos, que es incapaz de formar parte de la toma de decisiones de manera directa -como podría hacerlo a través de un plebiscito, por ejemplo- aunque parte del relato sobre la democracia parta de la base de que todos podemos (sí, se puede) ser parte. Parece algo evidente -pero nunca es malo recordar- que, en sus orígenes, pensar en una democracia representativa era un oxímoron. Y aunque parezca que agregarle el epíteto de “representativa” hoy en día sería un plenoasmo, una obviedad, creo que la democracia ya ha entrado a otro nivel. Hemos sobrepasado ya el límite de lo pensable: va más allá de ser representativa, pareciera ser que la democracia simplemente es. Nada más. Como si fuera una realidad auto-evidente. Una definición tautológica por omisión. Está tan presente en todas las cosas que ya no es necesario definirla, es una realidad incontrastable que se auto-legitima a sí misma por el hecho de existir. La democracia es nuestro Dios, es razón y respuesta, principio y fin de todas las cosas.

[pullquote]La democracia es nuestro Dios, es razón y respuesta, principio y fin de todas las cosas.[/pullquote]

Sumidos en su más que confortable vientre que nos nutre de todo lo esencial para nuestra existencia, nosotros-el-pueblo existimos gracias a ella. Porque la democracia ha ganado tal entidad a partir del discurso re-fundador de nuestra libertad conquistada tras las atrocidades sufridas en la última dictadura militar (cívico-militar) de nuestra historia, que ya no es dable el pensarla, enunciarla como una categoría en discusión. Claro que poner en duda aquello que parece irrefutable, natural, no es tampoco un desafío innovador: ya Pierre Bourdieu nos indicó el camino a través de la duda radical, exigiéndonos desconfiar de aquello que se nos presenta natural, habitual u obvio. Asimismo, aquel artículo de Bourdieu (Espíritus de Estado) no hacía más que asentarse sobre la duda metódica de Descartes, aquella que cimentara la filosofía del mundo moderno. Pero no es de mi interés, en este espacio, poner en duda a nuestro sistema de gobierno; será, en todo caso, ejercicio de cada uno de ustedes.

Pregúntese usted, ahora, qué es la democracia. Vamos, tómese su tiempo. Sopese su respuesta. Tómese el trabajo, si así lo desea, de revisar algunas cuestiones que expuse antes. ¿Tomó una decisión, ya sabe qué es la democracia para usted? Pues bien, tenga a bien seguir leyendo. Descubra si estamos de acuerdo o no.democracia mafalda - segundoenfoque

Cualquiera que se pregunte hoy sobre la democracia va a tener necesariamente una serie de imágenes que se le representen como parte de esa democracia indiscutible. El sistema se ha vuelto un baluarte del bien común en cualquier sentido que se le atribuya. Se ha construido sentido sobre el concepto de modo tal que es difícil realizar una definición que corresponda a lo que significa hoy la democracia. Porque ha dejado de contener en sí misma las pautas de funcionamiento de un sistema para pasar a ser depositaria de todos los valores positivos y compartidos de la sociedad occidental. No mentía el ex-presidente argentino, Raúl Alfonsín, cuando aseguraba que “con la democracia se come, se cura, se educa”; no era eso una mentira, era una constatación primigenia de los valores que habrían de comenzar a sumarse a un concepto que se ha engordado sostenidamente durante los últimos treinta años. Así, nuestra democracia no sólo sirve para cumplir con las necesidades básicas de una comunidad, sino también que es defensora de los Derechos Humanos, es un modo de vida en libertad, es la razón por la cual podemos pensar sin que nos digan cómo hacerlo. En fin, la democracia es todo lo bueno que tiene hoy la vida en occidente. Aquello que no nos parezca un valor justo, que no nos parezca válido para nuestro modo de vida en sociedad, eso no es democracia: eso no es democrático.

Pero entonces, recordamos a Bourdieu y organizamos un simple silogismo: “todo lo bueno sucede en democracia”, y si “hay gente que se muere de hambre en democracia”, entonces “que la gente muera de hambre es algo bueno”. Cuando los únicos atributos que tenemos para hablar de democracia son positivos, nos olvidamos de lo que el politólogo Adam Przeworski (en su libro Qué esperar de la democracia) nos recuerda: “la democracia es compatible con la desigualdad, la irracionalidad, la injusticia, la aplicación particularista de las leyes, la mentira, la ofuscación, un estilo policial tecnocrático e incluso una dosis considerable de violencia arbitraria”.

[pullquote]Repasemos el silogismo: “todo lo bueno sucede en democracia”, y si “hay gente que se muere de hambre en democracia”, entonces “que la gente muera de hambre es algo bueno”.[/pullquote]

Esta argumentación simple nos permite recordar que por más buena que sea la democracia, no es más que un sistema y que, como tal, puede ser pervertido en varias cuestiones. Pero lo más interesante de esto es que, cuando algo de lo que ocurre en democracia no nos gusta, entonces no quiere decir que “eso no es democrático”, sino que es algo de la democracia que nos gustaría cambiar. Pero… ¿Cómo transformar un sistema que de por sí parece perfecto? Ahí, probablemente, esté la gran artimaña del poder para volver dóciles a las masas. La creación de esta idea de democracia como una realidad no solo incontrastable sino también incuestionable, desde su propensión a sólo hacer el bien, ha resultado en la desaparición de uno de los factores claves que ha de tener una democracia que funcione correctamente: la participación ciudadana.

Como sabemos, esa participación se ha minimizado, se ha devaluado, se ha reducido simplemente al acercamiento a las urnas cuando la fecha lo indica. Pero la participación ciudadana es otra cosa, tiene que ver con estar informados sobre lo que pasa, tiene que ver con hacer valer la opinión de los colectivos; formarse políticamente, ser parte de la política de la ciudad; hacernos valer como miembros de una sociedad, recordar que todo lo que hacen los “políticos”, esos representantes que votamos, debe ser en favor del común, y que si no lo hacen podemos enfrentarnos, recordarles que no están allí sólo para hacer lo que les conviene para sus negociados. El cuerpo cívico de la ciudad debe, siempre, hacerse valer y hacer respetar el contrato que une a los ciudadanos electores con los ciudadanos elegidos: no es cuestión de desentenderse de la política y simplemente esperar a que en cuatro años venga algo mejor. Es cuestión de asegurarse que aquellos que nos representan tengan por seguro que deben hacer lo mejor para el cuerpo de lo ciudadanos, porque sino -y parafraseando a Rousseau- debería obligárselos a ello. Recuperar la política para todos, esa es la forma de recuperar una democracia que se ha vaciado de política y, así, de lo que atañe a los ciudadanos.

Los griegos, inventores de la política (los que se interesan en los asuntos de la polis, la ciudad) tenían un término para aquellos que se desentendían de las problemáticas de la ciudad. Aquellos que no se interesaban en política, que se fijaban sólo en sus propios asuntos, eran llamados ‘idiotas’.

Nicolás Rubens

Editor en Segundo Enfoque.

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