Opinión

El día que el obelisco se convirtió en democracia

Hace unos días los porteños, los que vienen a la ciudad a trabajar y los visitantes de la metrópoli se encontraron patidifusos, anonadados, cuando al acercarse a la Plaza de la República por alguno de sus varios vértices (a través de las avenidas que allí confluyen) notaron que faltaba la punta del Obelisco. Y es Obelisco, con mayúscula, porque es el singular e inteligente nombre que se le puso al obelisco, monumento, que conmemora los cuatrocientos años de la fundación de la ciudad. Pero más allá del poco cariz imaginativo de nuestros nomencladores de monumentos, volviendo a lo que nos convoca, la ausencia de la cúpula de la construcción despertó todo tipo de interrogantes. Los más curiosos investigaron prestamente en su smartphone, los más creativos inventaron toda serie de juegos de palabras haciendo alusión a la falta de cabeza en nuestro símbolo fálico por excelencia.

Pronto fueron acalladas las dudas a partir de la difusión de lo que había ocurrido: se trataba de una ilusión óptica realizada como parte de una performance artística en dos actos. El segundo acto sería la aparición de la consabida cúpula en la entrada del Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires (MALBA), donde los concurrentes podrían ingresar y ver qué hay adentro del obelisco, incluyendo un video desde las ventanas que simula la verdadera vista del obelisco. Teniendo en cuenta que en realidad hay un cerramiento que impide ver la cúpula, lo que hay no es una ilusión óptica, sino que simplemente no podemos ver lo que está oculto, la ilusión estaría dada por la creencia de que el ápice desapareció, y lo pudimos encontrar en la puerta del MALBA.

Pero como todo arte que se precia de ser moderno, la intervención está acompañada por una explicación teórico-conceptual que pareciera conllevar la idea necesaria del arte como una categoría, si bien imprecisa, solo apreciable por una élite ilustrada que puede encontrar el camino entre la simbología y el sustento teórico, para finalmente abrazar la obra en su totalidad. En ese sentido, y sólo para empezar, el artista explica en su comunicado que la producción es su primera obra site-specific, que quiere decir que es una intervención pública, pero con un nombre cool, en el idioma dominante, para que se sepa que lo que él hace no es moco de pavo.

Por último, y lo que nos interesa a nosotros, tituló esta intervención como “la democracia del símbolo”. Para el artista conceptual, Leonardo Erlich en este caso, la democracia puede reducirse a la posibilidad de todo ciudadano de entrar al obelisco y mirar por la ventana. No es que nadie se haya preguntado nunca cómo se vería desde esa ventanita que se imagina ínfima a la distancia aproximada de 70 metros que nos separa de ella, cuando la miramos desde la intersección de Corrientes y 9 de Julio; la propuesta es interesante, divertida, quizás también artística. Pero no podemos dejar de observar cómo se sigue apelando a la democracia, cada vez más, para todas las cosas. Ahora, la democracia es el libre acceso al Obelisco. Pareciera que el libre acceso a la salud, a la educación, a una vivienda digna, es deuda saldada.

En un mundo que dice estar plagado de oportunidades pero donde las fronteras cada vez se cierran más, la propuesta del artista es incisiva o bien, cínica. O se trata de una crítica al sujeto de la democracia, ese sujeto que quiere pertenecer, y se alegra de poder ser parte del simbolismo democrático al poder entrar y ver desde allí lo que alguien grabó para él. O, con absoluta desfachatez, Erlich pretende presentar al símbolo como ese monumento impoluto que todo lo puede. A partir del símbolo de la democracia, inabarcable antes, abiertas sus puertas a los visitantes ahora, el pueblo se hace sujeto activo y puede observar a todos desde las alturas, o al menos imaginar que lo hace. La propuesta pareciera ser de un cinismo devastador, se le otorga al pueblo la impresión de que puede hacer algo que en realidad no hace: entonces, la propuesta de Erlich ¿es realmente proponer un acceso popular a un monumento cerrado? ¿o su intención es más bien demostrar, a partir del absurdo, que la democracia -en el símbolo o no- no es más que una secuencia de imágenes que nos preparan otros para que las creamos? Al fin, la conclusión es la misma, seguimos aplaudiendo espejitos de colores, ya sean los reflectores que nunca estuvieron y -se decía- habrían ocultado la cúpula del obelisco, o la democracia que es para todos, pero que tampoco parece estar ahí para observarla en su totalidad, en su complejidad, en su absoluto potencial.

Nicolás Rubens

Editor en Segundo Enfoque.

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