#UnDiaComoHoy 7 de octubre patentaron el código de barras

Las colas en las cajas de los supermercados se encuentran probablemente en el podio de los momentos más odiables del mes (o quincena, o semana, o día).

Pero continuamente solemos olvidarnos de que hace veinte o treinta años cada producto tenía pegado su costo y eran las propias cajeras las que debían introducir en la máquina registradora el precio de cada una de las cientos de mercancías que se compraban. Ahí sí que la espera en la cola era eterna.

Seguramente en algún instante te preguntaste de dónde salió esa serie de rayitas negras que se encuentran presentes en cualquier producto. Acá revisamos entonces la historia del código de barras:

La expectación nace desde la propia gente que dirige supermercados. Más que por los clientes, por conservar registro de sus inventarios. Con el paso del tiempo, los anaqueles fueron aumentando y ya se hacía imperioso algo que facilitara los procesos y no tener que cerrar sus puertas un día entero para observar cuántas latas, envoltorios y bolsas de cada producto iban quedando.

La primera aproximación fueron las tarjetas agujereadas que se utilizaron por primera vez en el censo estadounidense del año 1890, y no fue hasta el año 1932 que un estudiante de actividades comerciales llamado Wallace Flint hizo su tesis de master donde conjeturaba una tarjeta donde los clientes abrían sus elecciones de compra que luego ingresarían en un lector en la caja para luego ir llegando por una cinta transportadora y conservar registro. Lastimosamente la concepción era demasiado ostentosa y no era económicamente viable, menos en medio de la Gran Depresión.

El factor Silver-Woodland

En 1948, el alumno de posgrado Bernard Silver escuchó en Filadelfia al dueño de una cadena de alimentos en relación a su necesidad de capturar la información de los productos de modo automático en las cajas. Se la comentó a su amigo Norman Joseph Woodland y se hipnotizaron con el reto y desplegaron un sistema de patrones de tinta detectables bajo luz ultravioleta, pero no progresó.

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Woodland permaneció solo y luego de varios meses de trabajo, consiguió un código de barras lineales, basado en el código Morse y las bandas sonoras de películas. Extendió los puntos y rayas para hacer barras delgadas y gruesas, y para examinar la información manejó el sistema de sonido de Lee de Forest, que estampaba un patrón de grados de limpidez variable en el borde de la película y a través de un tubo. En seguida, con luz cristalizaba los cambios de brillo en ondas y éstas en sonido.

Aquí inició el proceso de patentado y resolvió modificar las barras por círculos concéntricos para que pudieran ser leídos en cualquier posición.

La patente estadounidense fue concedida el 7 de octubre de 1952 (con el código 2.612.994) y para entonces Woodland había ingresado a trabajar en IBM y les intentó persuadir reiteradamente de producir el sistema.