OpiniónPueblos Originarios

La democracia de la inclusión, o cómo Europa descree del mito que vendió al resto del mundo

Una consigna que ha calado hondo en el espíritu de nuestra democracia moderna es la que refiere a la “inclusión”. Si preguntamos a cualquier ciudadano argentino, acerca del valor democrático de la “inclusión”, no dudarían en afirmar que este sistema de gobierno nos permite aunar criterios, sumar minorías, promover el diálogo y, así, fomentar un movimiento que tiende a la inclusión de todos los que habitan nuestro suelo.

Además, es parte de nuestra cosmovisión democrática el recibir a quienes necesitan de nuestra solidaridad, nos vemos a nosotros mismos como una nación que busca la integración del otro, abrigando siempre el recuerdo de nuestro origen marino. Que los argentinos descienden de los barcos puede ser historia antigua, incluso un mito rebatible según los censos que indican cuánta sangre aborigen corre por las venas de los argentinos. Pero el impacto inmigratorio es algo que aún tenemos presente y, por eso, nos sentimos orgullosos de la apertura a los refugiados sirios que arriban al país.

Pareciera simple devoción democrática, una manera de demostrar que es un concepto que verdaderamente rompe las barreras de su limitada definición de diccionario. Pareciera que, parafraseando a un ex-presidente argentino, con la democracia se come, se cura, se educa y, también, se integra. Efectivamente se han roto las barreras, la educación, que es un baluarte del sistema, se auto-adjetiva como democrática, y a su vez como integradora. Es una educación para la democracia y la integración de las culturas: educamos para la diversidad, porque nuestra esencia democrática nos impide encerrarnos en nosotros mismos, condenamos el etnocentrismo.

Hasta aquí, todo bien. Pero como sabemos, esta idealización de la democracia es una construcción europea que hemos heredado, o bien, que ha descendido de los barcos junto a nuestros ancestros. Porque si bien la sangre nativa puede correr por muchas venas argentinas, hay una realidad inexorable: los que gobiernan gustan de asegurar (ya sea con sus palabras, o sus actos) su ascendencia europea. Entonces, los diversos son los pueblos originarios, no los extranjeros de Europa, éstos son los que pertenecen, a aquellos hay que integrarlos.

Dado este preámbulo, es interesante observar lo que ocurre hoy en la tierra de la democracia. Tras treinta años del acuerdo de Schengen, y veinte años de su puesta en práctica, los europeos están construyendo su séptima muralla en contra de la inmigración. Las guerras en el medio oriente han iniciado un éxodo sirio que ha llegado hasta latinoamérica, pero que los europeos rechazan. Asimismo, la situación de miseria que se vive en los Balcanes también ha iniciado un éxodo kosovés y serbio prontamente denunciado por el gobierno húngaro, opuesto a la recepción de refugiados.

El pasado 15 de septiembre se selló la frontera entre Hungría y Serbia, con una valla de 15km de extensión. Sobre el tema escribió el primer ministro húngaro, Viktor Orban, quien denunció que en Europa sólo él y el gobierno español están preocupados por la problemática inmigratoria: “Europa debe entender que quienes estamos abrumados no podemos ofrecer refugio” (aquí la nota completa, en el sitio oficial del gobierno húngaro).

Imágenes tomadas por un drone en la frontera húngaro-serbia:

En consonancia, la embajadora húngara en España visitará las provincias de Ceuta y Melilla para observar lo que para su gobierno sería un éxito de las políticas inmigratorias. Ceuta y Melilla son dos ciudades españolas, autónomas, en la costa norte de África, rodeadas de territorio marroquí, que el propio gobierno de Marruecos reclama como propias; sobre sus fronteras se han erigido triples vallas de contención de seis y tres metros respectivamente para impedir la inmigración ilegal. La propuesta de Orban no quedaría sólo en la separación de la frontera con Serbia, habiendo visto el éxito de tal construcción, el primer ministro declaró que se está analizando la posibilidad de extender el vallado para separarse de la región rumana y la croata. “Intentarán cruzar por la zona de Rumania, probablemente (…) por eso pensamos construir otra valla en la frontera rumana [y otra en la] croata: estamos siguiendo su camino”, declaró para el diario Le figaro (Francia) y Die Welt (Alemania).

En un claro intento por impedir el paso de los extranjeros y revalorizar el tratado de Shengen (que abre las fronteras de los países implicados, pero se compromete a no abrir el paso a los países foráneos), el primer ministro olvidó destacar los vallados búlgaros y griegos que se ciernen sobre los límites con Turquía. Si sumamos la frontera cerrada en la costa francesa del Canal de la Mancha, ya serían siete las vallas alambradas y resistentes, con alambres de púas y su pertinente servicio de vigilancia, dispuestas en Europa para impedir el acceso a quienes huyen de zonas sumamente desfavorables. La tierra de las libertades, las oportunidades, la democracia que a todos incluye, no para de cerrar fronteras para los necesitados.

Entonces me pregunto ¿será que el discurso de la inclusión es un mito tercermundista creado para abastecer a los pueblos de una cuota de esperanza? ¿Qué sostiene a los ciudadanos en la creencia de que la democracia ha sido dispuesta en el mundo para ofrecer verdadera igualdad de oportunidades? Los detentores del impulso democrático por excelencia han cerrado sus fronteras hace 30 años y ahora proponen directamente encerrarse a sí mismo entre alambres de púas. Seguramente disertarán sobre ello, asumiendo que si una quincena de países se unen tras un vallado, lo que hacen no es practicar etnocentrismo sino una especie de auto-salvataje, como parece aducir Orban. Lo cierto es que el refugio sigue estando en el tercer mundo, así como cuando las dos grandes guerras del siglo XX, el periplo del éxodo conduce a las tierras de los países productores ¿Será entonces cierto aquello que dicen sobre las sociedades post-industriales y el fin de las utopías? Por el momento solo podemos seguir observando cómo Europa exporta democracias y cierra las puertas hacia adentro; mientras, el resto del mundo importa el modelo para abrir las puertas de la inclusión.

Nicolás Rubens

Editor en Segundo Enfoque.

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