Cultura

Los niños: ¿nuevos enfermos?

La niñez y el derecho a la palabra. Roald Dahl, célebre escritor infantil, explicó en una ocasión la clave de su éxito. “El problema de los adultos” dijo “es que no se acuerdan cómo se siente ser chico. Olvidaron completamente lo que significa ser un niño. Yo lo recuerdo muy bien.”

Los libros de Dahl no son pueriles. No buscan inculcar mensajes ni están pensados como una experiencia didáctica. Están escritos en un tono mordaz e irónico. Se encuentran repletos de sátiras. No le escapan a temas oscuros como la enfermedad, la muerte o la injusticia (temas que, lejos de amedrentar a los niños, les interesan profundamente). Hay en ellos mucho del orden de lo siniestro.

[pullquote]El universo adulto ha creado un nuevo dispositivo de control médico-sanitario. Ahora los chicos que “se portan mal” directamente son caratulados de enfermos. Ya ni siquiera son caprichosos o carentes de límites: son pacientes que hay que tratar, medicar y controlar[/pullquote]

Estos textos juegan todo el tiempo con la oposición mundo infantil / mundo adulto. Padres, docentes, directores de escuela, son los grandes enemigos de los protagonistas. Por eso los niños aman leer a Dahl: porque encuentran en él a un cómplice. Alguien que entiende que la palabra infantil puede (y debe) ser respetada. Que los niños son muy capaces de leer la mejor literatura.

Generalmente la niñez se piensa como un “entremedio”, como un paso entre el nacimiento y la juventud. Durante la niñez el chico se prepara para ser un adulto responsable. Se lo lleva al colegio y se le otorgan ciertas tareas y responsabilidades, pero siempre en pos del futuro. Del después. No solemos valorar la infancia como un tiempo productivo y valioso en sí mismo.

Paralelamente, la palabra de los niños carece de todo valor en el mundo adulto. Sus opiniones y valoraciones no son tenidas en cuenta. “Todavía es chico, no entiende”. Claro que entiende. Es, antes que un niño, un ser humano, un sujeto, una persona que tiene lenguaje. Alguien que siente, que piensa, que elabora hipótesis y las comprueba o refuta. El niño es una persona que actúa de acuerdo a parámetros morales. Es capaz de defender o traicionar. Conoce la diferencia entre el bien y el mal. Se trata, en otras palabras, de un sujeto capaz de decidir sobre sus propios actos.

Los chicos se encuentran subsumidos frente al poder del adulto de un modo muy particular, porque nadie cuestiona la naturaleza de este poder. Nadie duda que la relación entre el niño y el adulto debe ser asimétrica; que es el adulto quien porta el saber y el niño quien debe ser vigilado e instruido. La escuela, por lo general, reproduce este mismo esquema. El estudiante es alumno, a-lumni, carente de luz. Nos indignamos frente a la existencia de la esclavitud, pero aplicamos el mismo modelo en nuestra construcción social de la niñez. Los esclavos eran demasiado brutos como para valerse por sí mismos; los niños son demasiado pequeños para opinar qué es lo mejor para ellos.

Pero vamos más allá. El universo adulto ha creado un nuevo dispositivo de control médico-sanitario. Ahora los chicos que “se portan mal” directamente son caratulados de enfermos. Ya ni siquiera son caprichosos o carentes de límites: son pacientes que hay que tratar, medicar y controlar. Nos encontramos frente a la patologización de la niñez. Y es un dato especialmente alarmante, porque estos niños consumen medicación psiquiátrica que luego es muy difícil retirar. El mercado farmacéutico crea la demanda perfecta: los niños son un público cautivo, porque consumen ahora y deberán seguir consumiendo después. El tipo de medicación que toman los niños con diagnóstico de ADD o sindrome oposicionista-desafiante (ansiolíticos, antidepresivos, metilfenidato como la Ritalina) es altamente adictiva. No puede ser retirada fácilmente.

¿Qué pasa cuando un gran porcentaje de niños es medicalizado? ¿Dónde está el scan cerebral o la tomografía que muestra la ubicación del síndrome oposicionista-desafiante? ¿Por qué el desafío a la autoridad, necesario para la constitución psíquica de un sujeto, es visto como “enfermedad”? Porque el adulto necesita al niño controlado. Lo necesita sentado ocho horas por día en la escuela, y si es posible necesita que luego siga cumpliendo normas en actividades extra programáticas. Un niño desobediente, que cuestiona las normas o se muestra inquieto, es problemático porque no le permite al adulto seguir produciendo.

El cuestionamiento es algo intrínseco a la niñez. El chico desafía y prueba porque es una forma de experimentar y conocer el mundo. No acepta el universo del adulto. Se resiste a él. Quiere hacer valer su palabra. Necesita límites, por supuesto; pero también que lo escuchen.

Roald Dahl lo entendía. Es por eso que sus libros son un éxito entre los chicos.

Si un nene se anima a enfrentar a sus referentes adultos (llámense padres o maestros) durante más de seis meses significa que tiene un síndrome oposicionista-desafiante.

María Carolina Fabrizio

Estudiante de Letras. Orientación en Literatura Extranjera. Investigadora independiente del género fantástico y la literatura vampírica. Escritora, ensayista y friki.

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