Que 15 años no es nada

Hoy hace quince años, la gente volvía de la Plaza de Mayo golpeada y con lágrimas en los ojos; treinta y nueve muertos, cinco presidentes en diez días y una huella imborrable.

Ahí estaba sentado el 3 de diciembre de 2001, tomando una Pepsi Twist cuando vi en la televisión que Domingo Cavallo anunciaba que los argentinos no podríamos ir al banco a disponer de nuestra plata como acostumbrábamos. Habría una limitación en la extracción de dinero que únicamente permitía sacar doscientos cincuenta pesos semanales. Pensemos que en ése momento, el salario mínimo era de doscientos pesos y la tira de asado salía diez pesos. El “corralito”, sería el hecho que desencadenara la ira de millones de argentinos que veníamos soportando gobiernos pensados para unos pocos durante una década.

Al momento de asumir Fernando de la Rúa a fines de siglo, Argentina contaba con 30 millones de habitantes, de los cuales 30% eran pobres y 25% estaban desocupados. Con su promesa de remediar la situación y su propuesta de “cambio” (cualquier semejanza con la realidad es pura coincidencia) fue elegido. La situación empeoraría.

El origen de la crisis se le atribuye al gobierno “peronista” de Carlos Ménem, iniciado en 1989 y que tomó una serie de medidas que hundirían al país y le quitarían toda su autonomía. La convertibilidad, la toma de deuda externa (que diez años después superaría los $140.000 millones de dólares), la privatización, que expropiaría de las manos del estado empresas nacionales como YPF y Aerolíneas Argentina,  la falta de control por parte del estado y la corrupción fue lo que dio pie para que la desocupación y la pobreza alcanzaran los números más altos de la historia argentina.

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Con un país en recesión y un pueblo que comenzaba con los primeros “piquetes”, el gobierno de De La Rúa no tuvo mejor idea que designar como ministro de economía al que había sido en el gobierno de Menem. La convertibilidad era la obra maestra de Cavallo y a algunos les parecía el único capaz de salvarnos.

 La convertibilidad era la obra maestra de Cavallo y a algunos les parecía el único capaz de salvarnos.

El propósito del “corralito” era salvar a la convertibilidad y a los bancos al mismo tiempo a costa de la gente. Hubo quienes en un primer momento hicieron humor con el tema en los medios así como Videomatch, pero los saqueos y el descontento social generalizado tornaron la escena negra. Se vivía un clima de tensión y desesperación en todo el país.

El 19 de diciembre De la Rúa declara el estado de sitio y esa misma noche fue cuando se escuchó por primera vez el sonido que emite el pueblo argentino disconforme y que perdura hasta hoy en día: el Cacerolazo. La gente salió a la calle unida en la protesta hacia la Plaza de Mayo. El fotógrafo presidencial declararía que fue la primera vez que vio en la plaza una agrupación masiva sin ninguna bandera política partidaria. Los primeros hechos represivos de la policía estuvieron presentes esa noche y el fantasma de la dictadura bailaba por la plaza.

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Al día siguiente, en la misma fecha que escribo, los saqueos se intensificaron y los focos de movilización se repartieron en el Congreso, la Avenida 9 de Julio y la Plaza de Mayo. La gente se manifestaba indignada pidiendo la renuncia de los dirigentes. Látigos, palazos, gas, balas de goma y fuego se repartieron bajo el sol de verano.

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La jornada de protesta contó con la muerte de 39 personas en todo el país, todos ciudadanos que eran víctimas de un proceso de entrega del país en manos de aprovechadores. En esa tarde que comenzaba a cubrirse de nubes, el presidente Fernando de la Rúa subió a su helicóptero y desde donde hoy hay una huerta, partió hacia Olivos. Diez años después afirmaría: “Renuncié porque la realidad me superaba”. Domingo Cavallo quedaría enmarcado como uno de los personajes nefastos de la historia argentina y también renunciaría ese mismo día aunque no solo negaría su responsabilidad en la crisis sino que tendría el valor para decir que los argentinos “tendrían que hacerme un monumento por haberme jugado todo el prestigio que traía y todo el apoyo que tenía”.

“Renuncié porque la realidad me superaba”

Los sucesos del 2001 demostraron varios atributos de la sociedad que formamos parte todos nosotros, comenzando por señalar que se entendió que la alternativa de los gobiernos neoliberales sólo produjeron miseria en el país. Por otro lado, quedó confirmado que el pueblo argentino no está formado por gente pasiva, y eso no debe cambiar nunca. El ciudadano debe estar comprometido con la realidad política de su país y está obligado a exigir al gobierno constantemente.

Personalmente creo que este tipo de hechos no deben ser olvidados y encajonados, en primer lugar por respeto a las personas que pusieron su humanidad en nombre de toda una población que pedía a gritos socorro y, en segundo lugar, para generar conciencia a futuro y no cometer los mismos errores.

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Franco Montenegro

Franco Montenegro

19 años. Estudiante de Comunicación en la UBA, Diseñador aficionado y Redactor.

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