Cultura

Un año sin Galeano

En un día como hoy, 366 mañanas atrás, nos levantábamos con la triste noticia de la partida de Eduardo Galeano a los 74 años de edad.

En La canción de nosotros, Galeano se describía de la siguiente manera, contando su vida en pocas líneas y en tercera persona: “El autor nació en Montevideo, en 1940. Eduardo Hughes Galeano es su nombre completo. (…) Ha hecho de todo. Fue mensajero y dibujante, peón en una fábrica de insecticidas, cobrados, taquígrafo, cajero de banco, diagramador, editor y peregrino por los caminos de América. Algunas veces se murió, pero resucitó siempre.

El cigarrillo, fiel compañero del uruguayo, lo llevó por el camino del cáncer de pulmón, que venía arruinándole la vida desde 2007. Fueron ocho años de pelea contra un vicio que le arrebataría al mundo uno de los escritores más importantes de la época.

Sus vivencias, plagadas de aventuras, fueron relatadas con una narrativa mágica en muchos de sus libros. En Ser como ellos, librito corto pero lleno de conocimiento, Eduardo nos contó sobre su niñez, sobre el proceso de escribir alguno de sus libros más importantes, como lo es la trilogía de Memoria del fuego y nos brindó un herramienta para entender al mundo, el Diccionario del Nuevo Orden Mundial. El capítulo define conceptos tales como “poder”, “privatización” y “pobreza”, entendidos desde el punto de vista que Galeano entendía como correcto.

Con Las Venas Abiertas de América Latina, libro que publicó en 1971, Galeano se constituía como el mejor escritor posible para poder contar la historia de nuestro continente desde su colonización allá por 1492 hasta la década de los 70, desde el punto de vista de los oprimidos, y no de los opresores, que son quienes siempre cuentan la historia.

El comienzo del cual sería el libro que lo llevaría a la fama marca desde el comienzo la ideología del autor: La división internacional del trabajo consiste en que unos países se especializan en ganar y otros en perder. Nuestra comarca del mundo, que hoy llamamos América Latina, fue precoz: se especializó en perder desde los remotos tiempos en que los europeos del Renacimiento se abalanzaron a través del mar y le hundieron los dientes en la garganta”.

Galeano contaba en una de las tantas entrevistas brindadas que cuando era niño, le gustaban los libros de figuritas, porque los que no tenían dibujos le parecían “aburridísimos”. Esa manía, como el decía, de poner dibujos en sus libros, surgía de la necesidad de jugar con las palabras y las imágenes. Las figuras de sus libros eran creadas por el mismo y por diversos artistas. 

Nos deleitó por escrito, y también tuvo la chance de llevarnos a otro mundo con su voz, la que escuchábamos en su programa Los días de Galeano, que se emitía en Canal Encuentro. Asimismo nos dejó guardados en videos y entrevistas, su voz y su saber, sus cuentos, sus historias y sus pareceres.

Eduardo cuenta casi de memoria en el video un fragmento de su texto El derecho al delirio, incluido en su libro Patas Arriba, la escuela del mundo al revés. Ese extracto que Galeano había elegido, para combinarlo con la música del pianista, nos invitaba a hacernos las siguientes preguntas: ¿Qué tal si deliramos por un ratito? ¿Qué tal si clavamos los ojos más allá de la infamia para adivinar otro mundo posible?

Siempre en contra del imperialismo, y desnundando las verdades ocultas, Galeano nos daba lugar para cuestionarnos los paradigmas que nos rodean, con textos cortos y preguntas contundentes. En su libro Los Nadies, el uruguayo se preguntaba en un texto titulado Guerras calladas: ” ¿Será que los pobres son pobres porque su hambre nos da de comer y su desnudez nos viste? ¿Qué sería de nosotros sin ellos?”.

A lo largo de su vida, sus verdades causaban incomodidades en el mundo político, motivo por el cual a partir de 1973, en los comienzos de las dictaduras de Argentina y Uruguay, debió exiliarse para salvar su vida. Su refugio fue nuestro país, y luego lo fue España, en Cataluña. Sus idas y venidas en épocas donde decir lo que se pensaba era sentencia de muerte, no impidieron que Galeano volcara lo que tenía para decir en varios textos, que años después recopilaría en un libro llamado Días y noches de amor y de guerra. Tal libro es considerado, según la contratapa del mismo, “el relato más autobiográfico del tiempo de las dictaduras en el Cono Sur. Una memoria íntima que se convierte en memoria colectiva”.

Su interpretación sobre los contextos sociales, políticos y económicos, así como también la historia latinoamericana, lo posicionó como un referente en el mundo cultural. Su producción literaria, sus investigaciones y crónicas le valieron tantos premios que es imposible mencionarlos a todos, sin embargo es importante destacar: el premio sueco Dagerman, la medalla de México del Bicentenario de la Independencia, la prestigiosa medalla de oro del Círculo de Bellas Artes de Madrid, entre otros. Fue también elegido Ciudadano Ilustre de los países que conforman el Mercosur.

Fue escritor y periodista. Se casó con Silvia Brando y fruto de esa relación nació su hija Verónica. Posteriormente formó pareja con Graciela Berro, madre de sus hijos Florencia y Claudio. Y finalmente se casó por tercera vez con Helena Villagra, a quien le ha dedicado varios libros.

Fueron 74 años de una vida agitada, aventurera y peligrosa. Su vida, que tantas veces corrió peligro, terminó hace ya un año. El asesino: el cigarrillo.

Tom Nepomuceno Hughes, nieto de Eduardo Galeano, escribía para Tabaré Vázquez una importante reflexión sobre el tabaco con motivo de la muerte de su abuelo, a quien describía como “uno de los escritores latinoamericanos más influyentes de todos los tiempos”: “El tabaco nos ha robado toda nuestra gran literatura y pensamiento. Imagine cuántos libros él podría estar escribiendo en los próximos años. ¿Qué será de Cuba? ¿El Estado Islámico seguirá creciendo? ¿Brasil se convertirá en una potencia? ¿La religión continuará creando guerras? ¿Qué será de América Latina? ¡Maldición! Lo necesitamos… pero él tenía que fumar”.

Y sí, Galeano, fumador crónico de toda la vida tenía que fumar. Bien sabía Eduardo que la vida es así, y es por eso que inmortalizó sus pareceres al respecto con la siguiente frase:“Pero en este mundo, en este mundo chambón y jodido seremos capaces de vivir cada día como si fuera el primero y cada noche como si fuera la última”

Eduardo Galeano también dijo que algunas veces se murió, pero resucitó siempre.

Te seguimos esperando. 

 

Florencia Sosa

Estudiante de Ciencias de la Comunicación en la Universidad de Buenos Aires

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