Vikings: “Traduttore, traditore”

Athelstan y Floki como traductores de mundos antagónicos

Hay dos personajes de Vikings que ejercen el oficio de traductores. Traducen sentido constantemente. Se erigen como los referentes visibles de sus respectivas culturas y de ciertas lecturas de mundo que circulan en la serie. Y es el contacto y la tensión entre esos relatos (y la habilidad de cada uno para insertar el discurso propio como el único válido) lo que hará que el antagonismo entre ellos crezca. Uno de ellos es Athelstan, el monje cristiano devenido esclavo y más tarde vikingo por adopción; el otro es Floki, el constructor de barcos y acérrimo defensor de los dioses escandinavos. Entre ellos navega Ragnar Lothbrok, intentando sellar acuerdos y definir lealtades. De algún modo la trama se define en torno a estos personajes; gran parte del conflicto se reduce a la lucha entre Athelstan y Floki por el alma de Ragnar.

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Ragnar es un buen guerrero, pero también es un hábil político. Y todo político necesita intérpretes. (Cuestión que también comprende sir Ecbert, que se erige como un gran estratega). Las temporadas de bonanza del rey vikingo transcurren cuando cuenta con la ayuda de Athelstan, a quien considera su amigo más fiel. Ragnar sabe que no hay manera de entrar a París si no es con la guía de alguien que conozca la cultura y pueda traducirla. Una persona que entienda el alma de los parisinos, que dé cuenta de los recovecos de la ciudad, que señale las fortalezas y debilidades del enemigo.

Floki cuida a Ragnar. Es el encargado de que no pierda el rumbo; es el ancla a su tierra y a su ley. Comete un acto atroz, es verdad, pero también está ahí para recordarle al rey que cierta dosis de crueldad es necesaria dentro de la lógica de esa máquina de guerra nómade llamada “cultura vikinga”

Cuando Ragnar pierde esto, cuando pierde el potencial de traducción de Athelstan, pierde todo. No sólo se ve privado de uno de los únicos hombres en quien podía confiar (elemento valiosísimo para un rey que corre peligro de ser asesinado por la espalda a cada minuto), sino que no cuenta más con un intérprete de ese mundo al otro lado del mar. Aún más: Ragnar ha retrocedido. Se encuentra en una posición absolutamente vulnerable. Ha ganado unos cuantos enemigos mortales, ha perdido su amor verdadero, y no logra asentarse en su nuevo rol de padre y esposo. La muerte de Athelstan es la estocada final para que el alma de Lothbrok termine de romperse. Luego de este evento, ya no volverá a ser el mismo. Algo en Ragnar se ha quebrado para siempre.

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El orden del lenguaje, de la palabra, pasa ahora a manos de Floki. Floki se ha mantenido todo este tiempo como el inflexible traductor de la cultura vikinga. En él no hay lugar para los grises: sigue la ley de sus dioses y es completamente fiel a ellos. A diferencia de Athelstan, que sufre por un conflicto de lealtades, Floki jamás duda. Todo en él es hiperbólico. Los gestos, la risa, el llanto, la ira. Si Athelstan representa la reflexión y la piedad características del cristianismo, Floki representa el caudal sin límite, la potencia desbocada de la máquina de guerra vikinga.

Floki es, a la vez, el gran portador de la máscara. Dice una cosa, pero sugiere otra. Arma y desarma los hilos. Mueve los destinos. Es el gran protagonista de la segunda temporada: todo el tiempo pensamos que está a punto de traicionar a Ragnar, que finalmente va a ceder ante su parte más humana y dejarse llevar por la codicia, que terminará posicionándose como favorito de Horik. Y sin embargo, descubrimos que nos ha estado engañando. Floki ha montado una gran puesta en escena para resguardar a su mejor amigo. Sin su aporte, sin la intervención de la máscara (¿y qué es la máscara, sino otra de las posibilidades de la traducción?) Ragnar jamás accedería al trono.

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Floki ocupa, quizás, cierto lugar de semidios. Por eso se le otorgan algunas concesiones. Ha traicionado al rey y ha matado a Athelstan, su traductor y amigo; por eso se lo castiga duramente. Pero también ha seguido los designios de los dioses, les ha sido fiel en todo momento, ha actuado como el intérprete de la palabra divina. Por eso se le perdona la vida. Y sobre todo, Floki ama a Ragnar Lothbrok. Lo ama más que a su propia esposa e hija (en algunos momentos pareciera que lo estima incluso más que a su propia vida). Floki cuida a Ragnar. Es el encargado de que no pierda el rumbo; es el ancla a su tierra y a su ley. Comete un acto atroz, es verdad, pero también está ahí para recordarle al rey que cierta dosis de crueldad es necesaria dentro de la lógica de esa máquina de guerra nómade llamada “cultura vikinga”.

Esta última temporada el péndulo se ha movido. ¿Quién es el nuevo traductor de la serie? Sin lugar a dudas, Rollo. Rollo, que no sentía ninguna simpatía por Athelstan, viene a reemplazarlo. Irónicamente, se encuentra en el mismo lugar que el monje cristiano. Gana el favor del rey y se vuelve su intérprete. Su vida corre riesgo mortal, porque su presencia es molesta para aquéllos que desean acceder al poder. Y se encuentra, más allá de la rivalidad con su hermano, en medio de un profundo conflicto de lealtades. Es un traidor y lo sabe. Ha renunciado a todo derecho, ha herido a su gente de un modo irreversible. Sus actos son imperdonables. Sin embargo, cierta parte de él seguirá siendo vikinga.

Traduttore, traditore” dice el famoso dicho italiano. Nunca mejor aplicado que en la serie Vikings.

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María Carolina Fabrizio

María Carolina Fabrizio

Estudiante de Letras. Orientación en Literatura Extranjera. Investigadora independiente del género fantástico y la literatura vampírica. Escritora, ensayista y friki.
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