domingo, octubre 17, 2021
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Ataques de pánico

La alegría como obligación

Carolina está yendo a la facultad en colectivo, como todos los días. De repente siente algo extraño. Una sensación de ansiedad, de nerviosismo, de desasosiego. Se le cierra la garganta. No puede respirar. Chequea su ritmo cardíaco y se da cuenta de que está acelerado. Esta certeza la pone aún más nerviosa, y empieza a transpirar. Quiere, necesita, salir del colectivo. Está segura de que está a punto de desmayarse, o peor todavía, que está a punto de morirse.

La escena se repite con cierta frecuencia. Unos días, o semanas, a veces unos meses después, Carolina decide visitar al médico. Atraviesa diversos exámenes de rutina (electrocardiograma, análisis de sangre, chequeo de funcionamiento de la tiroides). No hay ninguna explicación clínica para lo que le pasa. No parece tener ningún problema a nivel orgánico. Sin embargo, ella afirma vehemente que cada tanto (siempre en las mismas ocasiones: cuando toma el tren, o el subte, cuando sale a la calle) siente que le falta aire y que no puede respirar. El médico la deriva, entonces, al psicólogo. Diagnóstico: trastorno de ansiedad generalizada (o “crisis de angustia”), más conocido como ataque de pánico. Indicaciones: combo de ansiolíticos, antidepresivos de última generación, y terapia.

Cada vez son más frecuentes las consultas por ataques de pánico o crisis de ansiedad. El uso de ansiolíticos como el Clonazepam se ha difundido a un nivel casi alarmante. Conozco muy pocas personas que no hayan consumido esta medicación al menos una vez en su vida. La pregunta es: ¿por qué? ¿Por qué es cada vez más usual este sentimiento de profundo malestar y desasosiego? Y quizás más importante: ¿es lícito apelar al consumo de medicación para poder seguir “funcionando”?

Vivimos en una sociedad de vínculos laxos e inestables (lo que Bauman llamaría “modernidad líquida”). Las relaciones humanas son de carácter virtual, y están signadas por la lógica de la apariencia. Nos comunicamos mayormente a través de redes sociales como Facebook, Twitter y Whatsapp; queda poco tiempo para el encuentro cara a cara, para la conexión auténtica. En este marco no es extraña la aparición de ataques de pánico o crisis de angustia.

Estamos obligados a vivir conectados, y en ese sentido el encuentro con uno mismo se torna en algo sumamente angustiante, a veces devastador. No hay lugar para el silencio. Todo es presente, inmanencia, velocidad, juventud. En este contexto, el ataque de pánico repone algo de esa intensidad perdida: nos recuerda, irónicamente, que estamos vivos. Que debemos hacernos cargo de nuestro cuerpo y nuestras emociones. Lo que la mente calla, el cuerpo grita.

La introducción de “pastillas mágicas” como los ansiolíticos no hacen sino acallar el síntoma. Es cierto que posibilitan que el individuo pueda circular, que no quede paralizado frente al pánico, que pueda seguir siendo productivo; sin embargo, también es lícito preguntarse por qué el sujeto no tiene permitidas emociones como la tristeza, la ansiedad, la angustia. Nuestras emociones son cada vez más llanas. Le huimos a los sentimientos profundos y verdaderos, y los rotulamos de peligrosos o improductivos.

Tenemos derecho a la tristeza. Tenemos derecho a la angustia. La industria de los psicofármacos nos vende la alegría como obligación. Habrá que evaluar qué estamos comprando.

panico5

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