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Bolsonaro, un salto social hacia atrás

Bolsonaro predica odio, misoginia, machismo y xenofobia. ¿Cuál es el límite para justificar la elección de un candidato así?

Bolsonaro o Haddad. Mañana es el balotaje en Brasil y sus habitantes están llamados a tomar el protagonismo para elegir al próximo presidente.

Las probabilidades juegan a favor del candidato del Partido Social Liberal (PSL) y en contra de Haddad. Bolsonaro cosechó el 46,08% de los votos el 7 de octubre, frente al 29,21% logrado por el candidato del Partido de los Trabajadores (PT).

El candidato peligroso y el candidato prohibido

Sea cual sea el resultado de mañana, el enorme número de votos que obtuvo el candidato de extrema derecha pinta un panorama de preocupación. El de Bolsonaro es un caso modelo de que ni siquiera la corrección política es ya valorada: no sólo puede decir (y pensar) barbaridades, sino que es apoyado por ello.

De entrada las elecciones en Brasil están contaminadas. El candidato más popular y con mayor intención de voto está en prisión e incomunicado por la “convicción” de un juez. No se dice acá que sea culpable o inocente. Sí que la democracia sostiene que “toda persona es inocente hasta que se demuestre lo contrario”. Y se demuestra con pruebas, no con convicciones de un juez. Sin pruebas no debería haber prisión; y menos aún proscripción.

Brasil, un país de polos opuestos

Brasil es desde hace tiempo uno de los países con mayor desigualdad en el mundo y esa brecha, a contramano de reducirse, se amplía. Quienes están en un extremo o el otro, cada vez lo están más.

Es una realidad desde el punto de vista socioeconómico, aunque también desde el político. En las elecciones del 7 de octubre Bolsonaro fue clarísimo vencedor en las ciudades y municipios ricos y de población blanca. Exactamente lo contrario ocurrió en las regiones más pobres y de población mayoritariamente negra.

Cuando la “sorpresa” se hace cotidiana

La situación de Brasil se inserta en el cuadro actual del mundo, aunque en muchos aspectos profundice ciertas cuestiones. Cuando Trump ganó las elecciones de Estados Unidos, la sorpresa parecía ser la reacción que más circulaba tanto allí como acá. Hoy no se puede decir lo mismo.

Bolsonaro forma parte de la ola de extrema derecha xenófoba, racista, machista,  homofóbica y con el odio de clase a flor de piel que ya es moneda corriente a nivel mundial. Así ocurre en Estados Unidos como en Europa, potenciado por la llegada de miles de refugiados que son abandonados por las peores aristas de los nacionalismos. La ola de xenofobia y racismo, aún a escala menor, está germinando también en Argentina.

Corrupción, un tema que parece justificarlo todo

En el caso de los vecinos sudamericanos, Argentina y Brasil tendrán rivalidad futbolística pero en actualidad política y social están más cerca que lejos, con la instalación de la antipolítica y la lucha contra la corrupción como ejes que justifican cualquier descalabro económico.

En el caso argentino la corrupción fue el argumento más escuchado a la hora de “apostar al cambio”. Esta misión de honestidad y transparencia prometida resultaba más importante que la recesión y el ajuste económico que pudiera traer consigo (que finalmente se produjo, a la par de negociados desde el Estado como el caso del Correo Argentino o los múltiples conflictos de intereses). Pareciera que hay “corrupción buena” y “corrupción mala”.

En Brasil la campaña de Bolsonaro se armó de manera similar, con la corrupción como eje y justificación de cualquier decisión. Con la antipolítica: la idea de que los políticos son malos y corruptos, por lo que hay que cambiar a otra cosa… aunque en la misma política.

Los sectores más poderosos eligen en defensa de sus intereses, garantizada por “Bolsonaros”. Pero hay muchos de clase media e incluso baja que quieren terminar con la corrupción a toda costa, aún sabiendo que vivirán en peores condiciones. Históricamente ya muchas veces se eligió para terminar con algo “como sea” y lo que siguió fue peor…

Bolsonaro, un caso extremo que retrasa décadas

Suponiendo que Lula y Dilma sean culpables, ¿es motivo para votar misoginia, racismo, xenofobia, odio de clase, homofobia y violencia? Estar en contra de la corrupción de ninguna manera conduce a apoyar, más no sea con un voto, a quien dice a una mujer que no la violaría “porque es fea”, a quien prefiere a su hijo muerto que homosexual y a quien se lamenta de que el error de una dictadura haya sido el torturar y no matar.

Bolsonaro es la representación de la parte más inhumana de los humanos, de la más cruel y menos preocupada por el de al lado. Es la defensa de su supremacía económica y su, según creen, supremacía racial (y en este caso también de género). Es la idea de que el vecino es una amenaza, de que el que no trabaja es porque no quiere, de la meritocracia y de que a los que menos tienen, en lugar de generar condiciones que los promuevan, se los debe reprimir si osan protestar y quejarse.

El apoyo de estas ideologías por parte de grandes jugadores como los medios concentrados, las iglesias evangélicas, la corporación judicial y el establishment, no es sorpresivo. Lo triste es que Bolsonaro fue a quien eligió casi la mitad de los que votaron el 7 de octubre, la mayoría de quienes, seguramente, terminarán viéndose perjudicados si él gana.

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Matías Hernán Piccoli

Gritando desde el 92. Licenciado en Comunicación Social en UBA. Escribo, hablo y escucho mucho.

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