César González: crónica de un renacimiento en libertad

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César González: crónica de un renacimiento en libertad

Durante siete columnas hemos recorrido la literatura que gira entorno a las minorías, hemos recomendados libros que tienen como protagonistas a quienes no lo son en la vida real. A quienes el sistema trata de invisibilizar, negando impunemente que aquellos que viven en la marginalidad no son otra cosa que el resultado de un sistema político-social que necesita de la desigualdad para perpetrarse en el poder.

Sin embargo, el margen está en proceso de ensanchamiento. De a poco pero a paso firme, se mueven las piezas del ajedrez social y aparecen personas como Pedro Lemebel que con su pluma hace del mundo uno un poquito mejor. Y la literatura, tan generosa ella, permite mostrar una segunda versión de las cosas. Permite, también, contar historias en escenarios alternativos que amplían la propia cosmovisión de mundo. Así nos mostró Cristian Alarcón con sus dos libros de crónicas.

Por eso hoy, intentando un cierre parcial a esta primera etapa de columnas dedicadas a la “literatura de los márgenes”, es que voy a dedicar la presente al poeta César González, en su momento conocido también bajo el seudónimo de Camilo Blajaquis.

César González es un joven que nació en 1989 en la villa Carlos Gardel del partido de Morón. Quién más que él para contar a través de sus poesías, lo que es nacer en un contexto de extrema pobreza que fue profundizándose más y más a medida en que transcurría la infame década del 90: “panorama de vida que siempre tiene olor a celda, a plomo, a trabajo en negro o en gris o a traje de encargado de limpieza”. Mientras la brecha se agigantaba estrepitosamente, César González iba involucrándose cada vez más en las drogas y el delito. A la edad de tal sólo 15 años ya tenía todo un camino delictivo recorrido y un cuerpo intoxicado por el pegamento y las pastillas. Una consecuencia probable era que terminara preso y así fue, cinco años pasando por diferentes institutos de menores y dos penales.

La vida es movimiento y en ese transitar suelen pasar muchas cosas. A César González le pasó la literatura. En uno de los institutos en el que estuvo preso, conoció a un tallerista que lo acercó a los libros. Mucha historia y filosofía que lo llevaron a analizar con nuevas herramientas su vida y la de las personas que nacen en las villas y enfrentan la exclusión total de un sistema que no tiene pretensiones de que ciertos destinos cambien. Con esa conciencia de clase, llegaron las letras y la poesía: “y me di cuenta que yo podía imaginar mi destino/ podía ser mi juez abogado y fiscal/ ser mi psicólogo y paciente/ yo considerar cuando estoy apto/ para salir a la sociedad”.
Cuando salió de la cárcel, en el 2010, publicó su primer libro “La venganza del cordero atado”, un compilado de poemas todos escritos en sus años de prisión. Al año siguiente, como una voz ansiosa por gritar todo lo que tantos años no pudo expresar, sacó su segundo libro de poesías “Crónica de una libertad condicional”.

Así fueron llegando -porque el arte desborda cuando hay tanto por decir- sus cortometrajes y sus dos películas que lo ubicaron en su nuevo papel de director.
Director de dos películas y varios cortometrajes. Director de nuevos proyectos.
Director de un nuevo destino. Del suyo.

Y es en ese nuevo devenir de la vida, que se ensanchan esos márgenes de los que venimos escribiendo. Márgenes que tienen identidad definida y una voz que necesita ser escuchada. Porque la literatura es el centro y es el margen y en su acontecer borronea -aunque más no sea simbólicamente- algunos límites. Y en esa imprecisión, subvierte los sentidos. Bienvenida sea su multiplicación.

Laura beroldo

Laura beroldo

lauraberoldo@gmail.com
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