martes, diciembre 7, 2021
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Claroscuro

La película, estrenada en 1996, narra los avatares de David Helfgott –un músico con un enorme potencial y una estructura psíquica compleja.

“Claroscuro” sigue siendo una referencia obligada para un público de amplio espectro: cinéfilos, amantes de la música, psicólogos, artistas de todo tipo y color. El largometraje, basado en la vida del famoso pianista australiano, se articula en torno a planos temporales que se intercalan y muchas veces se confunden: infancia, adolescencia y madurez del protagonista. El punto nodal será siempre la figura del padre, quien martiriza a Helfgott durante toda su vida. Tiránico, agresivo, perverso a un nivel tanto físico como verbal, el padre impone su voz como única Ley. Todo comienza y termina en él. “Nadie te amará como yo” le repite una y otra vez a un atribulado David. No hay posibilidad alguna de corrimiento para el hijo. No existe, en términos simbólicos, lugar alguno para la metáfora.

Helfgott-niño es arrastrado a interminables competencias musicales. Se ve forzado a interpretar piezas de piano de enorme complejidad (la película abre con la imagen de un David de escasos ocho años ejecutando “La Polonesa” y “La Campanella”, obras que requieren del mayor virtuosismo). Pese a su enorme talento, el joven siempre pierde. “¿Qué haremos la próxima vez?” le pregunta el padre. “Ganar” responde el niño cabizbajo.

[pullquote]Tiránico, agresivo, perverso a un nivel tanto físico como verbal, el padre impone su voz como única Ley. Todo comienza y termina en él.[/pullquote]

La gran ambición del padre de David es que éste logre interpretar el Concierto Nro.3 en Re menor de Rachmaninoff. Sin embargo, el profesor del muchacho se niega sistemáticamente a enseñarle esta pieza, argumentando que se trata de una de las obras más áridas del repertorio. El maestro añade que la interpretación requiere de una pasión que podría desequilibrar al joven aprendiz.

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Helfgott gana una beca en Londres. El precio que deberá pagar para irse será quedar desvinculado del padre. “Si te vas, ya no serás más parte de esta familia. Tu madre habrá perdido un hijo y tus hermanas, un hermano” le dice, luego de estrellarle la cabeza contra la pared repetidas veces. Pero la voluntad, el deseo o quizás el furor dotan a David del temple necesario como para marcharse. El joven accede entonces a un período de relativa libertad, lejos de ese entramado familiar fuertemente endogámico.

Helfgott ciertamente brilla. Su mentor universitario queda deslumbrado por el potencial que despliega, y acepta prepararlo para interpretar a Rachmaninoff. “Debes aprender las notas, para luego olvidarlas” le recalcará el profesor constantemente, manifestando que esa pieza que David ha elegido interpretar es mucho más que una sucesión de compases complejos. El “Rach 3” se convertirá entonces en la cifra de la película, casi desplazando la figura del padre.

Durante el concierto final Helfgott ejecutará la pieza con precisión y temperamento, mostrando atisbos de genialidad. Sin embargo, quedará absolutamente anulado luego de tocar la nota final. Sumergido en esa suerte de significante único, de comglomerado padre-Rachmaninoff, pierde su propia subjetividad y queda inmerso en un estado catatónico. Será incapaz de hablar o siquiera moverse. Cuando logre expresarse, su discurso será inarticulado, errático, vacío. Carente de voz propia.

Lo que sigue después (los interminables “tratamientos” con electroshock, el deambular de David, la aparición de varias figuras salvadoras, el final feliz) es quizás menos interesante. La magistral actuación de Geoffrey Rush en la piel del Helfgott adulto logra compensar esa acumulación de clichés y le devuelve a la película su complejidad inicial.

Lejos de los estereotipos finales, “Claroscuro” expresa de un modo trágico y elocuente las consecuencias del despotismo en la constitución de la subjetividad y la propia experiencia.

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