Crónica del santo de los pibes chorros

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Cuando me muera quiero que me toquen cumbia es una novela non-ficcion escrita por el periodista y escritor chileno Cristian Alarcón. La novela, que bien podríamos redefinirla como una extensa crónica, relata la historia de Víctor Manuel “El Frente” Vital, un chico de diecisiete años de la villa San Francisco que murió en manos de la policía bonaerense mientras gritaba “no disparen, me entrego. La muerte de este joven acribillado fue el desenlace que provocó que su figura, ya conocida entre los habitantes de la villa, se transformara en una especie de mártir, en un santo defensor de los sobrevivientes que día a día sortean una vida de robos y balas.
Víctor Manuel, conocido por todos como “El Frente”, empezó a robar a la edad de trece años a pesar de los intentos de su madre de persuadirlo hacia un camino diferente. Quizás por ese motivo, porque Sabina Sotello -su madre- no dejaba que entrara a la casa ni un centavo que provenía de un robo, es que “El Frente” gastaba ese dinero con amigos, vecinos y niños de la villa. Tal vez por esa razón, casi sin quererlo, se convirtió en una especie de Robin Hood que les robaba a los ricos para luego compartir su fortuna con los suyos. Muchas invitaciones a comer, zapatillas nuevas, yogures para los niños y todo lo que estuviese a su alcance y sus ganas, “El Frente” lo repartía con generosidad.
Entonces, el día de su muerte, la construcción de ese mito que estaba latente, se hizo realidad. En la actualidad, todos los años los chicos ofrecen ceremonias sobre su tumba y le piden que los proteja de las manos de la policía cuando salen a robar.
En el prólogo de su libro, Alarcón cuenta que para investigar de fondo la historia alrededor de “El Frente”, estuvo más de dos años compartiendo experiencias en la villa donde todo comenzó. Como buen cronista, se involucró en el relato a partir de la vivencia del día a día con sus protagonistas. Esto le permitió no solamente conocer todos los detalles de la vida de Víctor Manuel Vital sino también ser testigo de los cambios que se produjeron en la villa con la muerte de este joven que era de los pocos que mantenía los códigos de ladrón viejo y se había ganado el respeto para no permitir que nadie los transgrediera. Y entonces, cuando la única figura que mantenía una base de respeto mínimo entre ladrones, fue asesinado, ese espacio vacante no pudo sostenerse y la transición fue rápida. El límite dejó de estar en la reivindicación de obtener esa ropa de marca que otros tienen y se convirtió en una auténtica tierra sin ley en la que hoy se saluda al vecino y mañana se le roba si la bolsita ya no tiene pegamento.
Entonces, frente a este punto es que Cuando me muera quiero que me toquen cumbia, se vuelve demandante. Porque su lectura es rápida y vertiginosa, y al comienzo la velocidad no permite reparar en que la historia, ante todo, es una deconstrucción de un hecho político que se vuelve texto narrativo. Hay una marcada interpelación al lector que lo lleva a cuestionar que esa ausencia que dejó “El Frente”, deja al descubierto – una vez más- una ausencia mucho mayor, la del aparato estatal cómplice de la marginalidad. Los protagonistas muestran permanentemente unas contradicciones que son imposibles de dejar pasar y que nos llevan, irremediablemente, a pensar en las propias. A poner en jaque ciertos prejuicios y hacernos más preguntas que cuestan responder. Nos lleva a un lugar en el que la violencia se cruza con la solidaridad y en el que la supervivencia se vuelve hostil porque lo que está devastado no es sólo el terreno en donde se vive sino que también lo están las voluntades de quienes están ahí.
Definitivamente, es un libro que hay que leer, con una clara influencia de la pluma filosa y certera de Pedro Lemebel, Alarcón escribe esta crónica magistral. Y en ella refleja el producto de un largo trabajo de campo que estudia un pequeño hecho que forma parte una trama mucho más compleja y en la que nos encontramos todos.




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