Cuando cayó el Muro de Berlín, el muro de la vergüenza

Durante 28 años cinco mil personas trataron de cruzarlo, pero el saldo fue más de tres mil personas detenidas. Alrededor de cien murieron en el intento.

Hacia finales de la Segunda Guerra Mundial, tras la derrota del establecimiento nazi, Alemania quedó fraccionada en cuatro partes, tres de ellas controladas por estadounidenses, franceses e ingleses a la que llamaron República Federal Alemana y la restante controlada por los soviéticos, que tomaron el nombre de República Democrática de Alemania.

La parte bajo el control aliado inició su reconstrucción; el surgimiento de empresas y el desarrollo económico motivaron el crecimiento de la ciudad y la prosperidad de la nación. Por su parte, el sector soviético continuaba en ruinas, con bajo desarrollo, escasez y pobreza. Ello motivó a que los habitantes del sector este empezaran a migrar hacia el oeste con el objeto de buscar un mayor bienestar. Cerca de tres millones de personas dejaron atrás el comunismo para buscar nuevos horizontes en el capitalismo.

Los soviéticos, notando el abandono del que eran objeto, decidieron levantar un muro provisional. El 13 de agosto de 1961 se colocaron 155 kilómetros de alambrada. Günter Litfin fue abatido cuando procuraba regresar a Berlín occidental, donde vivía y trabajaba. La ciudad contaba con 81 puntos de control que permitían la libre circulación entre ambos lados de la ciudad. Sin embargo, luego del levantamiento del muro se cerraron 69 puntos y los restantes 12 que quedaron abiertos tenían restricciones de circulación.

Durante los días subsiguientes a la puesta de la alambrada, se inició la construcción con ladrillo y cemento. Las casas que quedaban en el camino de la construcción fueron desalojadas para continuar con la construcción. Finalmente, el muro se convirtió en una fortificación de hormigón con cables de acero en su interior para reforzarlo y una altura de 3,5 a 4 metros de altura. La corona del muro terminaba con una semiesfera para evitar que pudiesen agarrarse quienes optaran por atravesar el muro.

Junto con el muro, se organizó la llamada “franja de la muerte” las 24 horas del día. Contaba con un foso, una alambrada, una carretera para el tránsito constante de vehículos militares, sistemas de alarma, armas automáticas, torres de vigilancia y patrullas acompañadas por cerca de cinco mil perros. Tratar de escapar era similar a jugar a la ruleta rusa con el depósito cargado de balas. Aún así, fueron muchos los que lo intentaron. En 1975, 43 kilómetros del muro estaban acompañados de las medidas de seguridad de la franja de la muerte y el resto estaba protegido por vallas.

Durante 28 años, el Muro de Berlín se constituyó como el símbolo tangible de la Guerra Fría. Durante ese mismo período cinco mil personas trataron de cruzarlo para escapar del régimen comunista, pero el saldo fue más de tres mil detenidas. Alrededor de cien murieron en el intento, la última de ellas el 5 de febrero de 1989.

Los alemanes usaban la frontera húngara para buscar asilo en las embajadas de los países del Pacto de Praga y Varsovia. En mayo de ese mismo año Austria y Hungría decidieron abrir sus fronteras, lo que motivó aún más la caída de la llamada Cortina de Hierro. El detonante del resquebrajamiento del muro fue motivado por las exigencias de libertad de circulación en la frontera. Los soviéticos declararon que el paso entre los lados de la ciudad era permitido.

La felicidad entre los habitantes de Berlín del Este no fue ocultada y muchos empezaron a caminar hacia la frontera. Entre la noche del jueves 9 y el amanecer del viernes 10 de noviembre de 1989 empezó la caída del muro. Miles, agolpados en los puntos de control, esperaron con ansia la apertura de la frontera. La guardia fronteriza quedó atónita ante la aglomeración de la población. No tenía órdenes precisas de cómo actuar, por lo que decidieron dejar pasar a los primeros berlineses del este; éstos fueron recibidos al otro lado -entre abrazos y gestos efusivos de bienvenida- por un grupo de alemanes occidentales llegados al lugar enterados de la apertura.

Luego de los primeros pasos, nadie pudo contener la marea de gente que anhelaba reencontrarse con familiares y amigos con quienes no estaban en contacto por la separación forzada.

Antes de llegar la medianoche más de veinte mil personas habían cruzado al oeste. Ya en el amanecer del 10 de noviembre todos los pasos fronterizos se encontraban abiertos. Tan grande era el interés del pueblo berlinés por cruzar que durante la madrugada se volvió a cerrar el paso hasta las primeras horas de luz del día. Más de tres millones de visados serían emitidos en las siguientes 48 horas para permitir libre circulación entre las dos Alemanias.

El gozo de quienes cruzaron la frontera fue tal que, en tanto que miles hacían el paso, muchas otros acudían al muro con martillos y picas a zonas próximas a la puerta de Brandenburgo, buscando derribar el muro que durante casi tres décadas les había separado de familiares y amigos.

Wilinton H Roa

Wilinton H Roa

Comunicador Social y Productor audiovisual. Consultor en liderazgo. Gestor de emprendimiento cultural.
Facebook
Google+
Twitter
LinkedIn
Pinterest
WhatsApp
Email