jueves, septiembre 16, 2021
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«Cuando llora mi guitarra»

La voz del pueblo es la voz de Dios, cinco años esperan al gobierno peruano por un nuevo camino.

Se celebra la libertad en la catedral limeña, un nuevo presidente y la misma banda blanquirroja, la misma forma de celebrar, la parada militar en la avenida Brasil. El discurso que sigue el trámite, una esperanza para todo un país, una familia que que sale a relucir por sus rasgos y porte extranjero, pero con una esencia del oriente peruano.

Ollanta Humala sale por la puerta falsa, cerrando un gobierno depresivo con una frase que sorprendió a propios y extraños: «Hemos hecho lo que prometimos, aunque quisiéramos haber hecho el doble». Qué risa señor, en lo personal es una forma de no ser grosero, solo mirar como se va del sillón de gobierno con la cabeza gacha, atado de una mujer que destruyó como quiso un mandato que pudo ser, pero se quedo en el camino sin argumentos. Solo fue uno más en la lista, sin hacer nada trascendental, solo seguir siendo el militar golpista que se suavizó con el máximo poder.

Pedro Pablo Kuczynki es el nombre de moda, aunque gran porcentaje de la población no sepa cómo se escriba, pero la sonrisa de un hombre vivido y las bromas que se gasta, inspiran confianza. Pero siendo razonables, solo queda esperar el tiempo y darle la razón a su argumento de modernizar un país que a desacelerado su crecimiento.

Queda recordar de alguna forma, que PPK no ganó las elecciones por mérito propio, sino con la ayuda de la política izquierdista. Millones de ciudadanos esperan que este sea uno de los mejores mandatos en lo que va en estos últimos veinte años. 

Lo que sorprende del actual presidente electo, es su seriedad y dominio de cada situación, no caer en el populismo aunque no se puede negar los excesos en su vocabulario, el cual le jugó en contra en la campaña electoral.

Es muy egoísta pensar que un presidente pueda resolvernos la vida, pero si ayuda con una buena gestión, las cosas comenzarán a cambiar desde el centro hacia afuera. El labor de la gente en las calles es poner la vida en mejorar lo que se ve a diario, la informalidad del comercio ambulatorio, cambiar la forma de ver el civismo desde adentro, para poder cambiar nuestras acciones, de una forma necesaria y justa.

A solo unos años del bicentenario, se recuerda a el general José de San Martín, sus actos libertarios que siguen haciendo eco en aquella plaza que lleva su nombre. Porque no se hace tanto con tan poco. Hay muchas historias que contar en el camino hacia una nación libre, lejos de colonizadores y lejos del oro que se llevaron. A pesar de todo, se asume el costo de los años y los daños, porque detrás de esta libertad de poder escribir estos párrafos hay muchas luchas, muchas generaciones sufridas y castigadas solo por defender lo propio.

Con un Pisco se hace el brindis, el amor a los colores que vieron forjar las tierras del sol, con el empuje de ese don provinciano que luchó contra la discriminación, la sonrisa de un niño jugando al aire libre. La fiesta de millones de personas, con agradecimiento especial al país vecino, Argentina. El Perú es Mario Vargas Llosa, como también lo es Carlos Mamani Quispe, no hay distinción, no existe fama, solo un compartir de paz, plenitud y lucha, como es lo es vivir en este país.

«Te daré la vida y cuando yo muera me uniré en la tierra contigo, Perú» es la letra que entona una canción y en su melodía retumba a aquellos que están lejos de su patria, pero tan cerca de ese sentimiento que es nacer en la tierra del Inca. Esas lágrimas de quienes salieron en la época del terrorismo y huyeron de las muertes, pero no de su bandera. Porque Lima no es el Perú, ni viceversa, es cada rincón de norte a sur, es la sangre de la que no se puede escapar.

Se escucha el himno con la voz de los andes, con la mano en el pecho y la frente en alto. En Tacna como en Lima en castellano neutral, a viva voz al terminar la última estrofa, el aire silente espera ese grito que retumbará en los cerros que rodean nuestra geografía, el Colca en Arequipa, el sonido del rio Chillón, el distrito de San Juan de Lurigancho, el arenal de Ventanilla y cada asentamiento humano se une en una sola exclamación: ¡Qué viva el Perú!

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