Democracia ¿ateniense?

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Democracia ¿ateniense?

Cuando la gente habla de democracia da por sentado que se trata de un régimen representativo. Esto quiere decir que hay algunas personas – se infiere, más capacitadas que otras – que representan al resto del pueblo en sus intereses. Pero un sistema democrático no requiere necesariamente de representantes. Hoy en día, decir que la democracia es representativa parece una obviedad, un pleonasmo. ¿Es tan así?

Otra cosa que se dice popularmente es que la democracia es una invención maravillosa de ese pueblo magnánimo, creador de cultura, cuna de la civilización, que fueron los griegos. En cierto sentido es cierto: el sistema nació en Atenas hace más o menos dos mil quinientos años. Sin embargo, ese gobierno ateniense no era representativo, no elegía representantes.

Repasemos. La democracia es el gran invento de nuestros antecesores civilizados, los griegos, quienes la concebían como un modo de garantizar que todos pudiesen formar parte del gobierno (por medio del azar). Pero también: La democracia es el mejor de los sistemas, ya que elegimos representantes más calificados que nosotros mismos para gobernarnos. Alguna de estas proposiciones debe ser incorrecta, o las dos (se revela, igualmente, que estamos signados por una época de objetivación del pensamiento que nos hace reproducir aquello que desconocemos pero es vox populi).

En realidad nuestro inexpugnable sistema de gobierno, claramente representativo, tiene un origen más cercano que el lejano inicio de la civilización occidental del viejo continente. Podríamos decir que nace de una concepción propia del sistema hegemónico dominante capitalista que empezó a esbozarse en la Inglaterra medieval (incluso un poco más al sur de la Bretaña).

La idea de crear grupos de representantes surgió, aproximadamente, en el siglo XVII. Las monarquías empezaban a perder su poder divino y, entonces, se dispuso que unas personas designadas por el rey, y que respondían a los distintos estamentos de la sociedad (la iglesia, el ejército, la burguesía, el pueblo llano) convencieran a los habitantes del reino de que las acciones del monarca eran las mejores para ellos.

Pero a lo largo del tiempo las sociedades crecieron y entonces la representación empezó a delimitarse geográficamente. Para cuando los ingleses organizaron sus trece colonias en el norte de América, no se les ocurría un mejor método para garantizar la soberanía del pueblo que la representación jurisdiccional.

Poco después, la Revolución Francesa complicó la situación de la sociedad estamental (esa que daba más poder a los que rezaban y a los que guerreaban por sobre los que trabajaban). Los franceses ocuparon España, el Virreinato del Río de la Plata se rebeló y organizó acciones armadas para garantizar su libertad de comerciar libremente con los ingleses. Cien años después -en 1912- nacía la democracia en Argentina.

Esa democracia estuvo basada en el sistema de representación francés de la revolución (todo ciudadano varón adulto tenía derecho a votar) y sostenida por una constitución claramente cimentada en la estadounidense. Pero por alguna razón, probablemente de índole positivista que intentaba posicionar al argentino en la escala máxima de la civilización, a esa democracia se la siguió viendo como resultado del invento griego. Cosa difícil, como se habrán dado cuenta.

Nicolás Rubens

Nicolás Rubens

Editor en Segundo Enfoque.
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