Opinión

Democracia de escritorio

¿Cuál es la concepción de democracia del gobierno argentino?

Democracia es una palabra que abarca mucho. Con la democracia “se come, se educa y se cura”, supo decir Alfonsín sintiendo verdaderamente que la democracia venía a espantar el odio y el miedo del neoliberalismo militar de la última dictadura. La democracia parece abarcar tanto que se vuelve una imagen de todo lo bueno que hay en la sociedad. Es normal escuchar que eso-que-no-es-bueno, no es democrático.

Pero no es así, hay cosas que ocurren en democracia y a muchos les parecen malas. Y es que la democracia es un sistema de gobierno, no un estilo de vida. El sistema democrático que tenemos en Argentina es “representativo”. Esto quiere decir que unos pocos representan al resto, que solo puede votarlos cada tanto y, para ello, esos pocos tienen que decir todo tipo de mentiras (o verdades) para lograr los votos necesarios. Hace un tiempo escribí que a los ciudadanos se les impide tomar decisiones de manera directa -como podría hacerlo a través de un plebiscito, por ejemplo- “aunque parte del relato sobre la democracia parta de la base de que todos podemos (sí, se puede) ser parte“.

Asumimos, dije entonces, que la democracia es como un Dios, incuestionable. Es el principio y el fin de todas las cosas. Por eso, cuando algo de lo que ocurre en democracia no nos gusta, lo decimos. Salimos a la calle y exigimos a nuestros representantes que nos representen. Porque la democracia representantiva supone que unos pocos toman las decisiones, pero también supone que representan al pueblo, al Estado mismo que es el conjunto de los ciudadanos.

Cuando la alianza electoral Cambiemos era oposición, mantenía esta misma retórica acerca de la democracia. Todo lo que hacía el gobierno kirchnerista no era bueno para el pueblo y era discutible si no era un delito flagrante (más o menos como ahora), por ese motivo, no se lo podía calificar de democrático. El gobierno de Cristina Fernández de Kirchner era dictatorial porque aquello que no es democrático, necesariamente, se vuelve su opuesto argentino: una dictadura.

Ahora que Cambiemos es gobierno, las decisiones que no son aceptadas por el pueblo no son vistas como no-democráticas. También escribí sobre ello cuando el diputado Amadeo dijo que la democracia era tener un voto más que el otro para hacer lo que les parezca mejor (o lo que es lo mismo a decir “lo que les dé la gana”). Amadeo se refería a la enorme jornada de protesta que se dio afuera del Congreso cuando el gobierno decidió hacer una reforma previsional que significó el ajuste a los jubilados. La protesta social fue duramente reprimida y los medios se ocuparon de construir el relato de la violencia del ciudadano-militante.

La semana pasada, otra gran manifestación tomó las calles. En este caso, se trató de una marcha que pedía el desafuero y el encarcelamiento para la ex-presidenta. En este caso, la mirada del gobierno fue mucho más indulgente. Quisiera igualmente resaltar una frase de Joaquín Morales Solá, quien en su columna de opinión habitual del diario La Nación escribió: “Nunca son buenos para un sistema republicano, en el que el pueblo gobierna a través de sus representantes, los actos de democracia directa“. Si bien destacó que (en este caso) el pueblo tenía razón; para Morales Solá, el pueblo solo debe acatar las decisiones de ese cuerpo de especialistas que sabe qué es lo mejor para el ciudadano común. El ciudadano debe limitarse a elegir una vez cada tanto a sus representantes, pero si se moviliza en algo que el gobierno está a favor, no se lo cataloga de ciudadano-militante y menos aún, de violento; cabe destacar eso.

Pero entonces ¿está bien salir a las calles a manifestarse a favor o en contra de una medida? La política tiene que ver con los asuntos que ocurren en la ciudad, en el lugar donde vivo. En su definición más tradicional, el hombre es un animal político, esto quiere decir, un animal que razona en términos de lo que pasa en el lugar donde vive. Preocuparse por lo que ocurre a su alrededor es lo que caracterizaría a los hombres. Tomar las calles es signo de actividad política, lo cual significa más o menos eso mismo: tomar las calles. Es decir, reconocerse como parte integral del Estado y preocuparse por lo que ocurre a la ciudadanía en general, poniendo el cuerpo y la voz para ser escuchado. Signo quizás de otra extraña situación que se vive hoy curiosamente en el fútbol: tres equipos argentinos pidieron (uno ya lo consiguió) ganar sus partidos por errores administrativos del rival. Esto es, tres equipos de fútbol podrían ganar sus partidos sin jugar al fútbol: lo que alguien llamó “el torneo de los escritorios”.

Si valiese la comparación, podríamos decir que quieren imponer una mirada de la política que no se gana en las calles, así como el fútbol parece no ganarse más en las canchas.

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Nicolás Rubens

Editor en Segundo Enfoque.

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