lunes, noviembre 29, 2021
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Democracia para el pueblo, gobierno para algunos

Cuando hablamos de democracia, ya se dijo, hablamos de democracia moderna, representativa, que supone a la sociedad como una suma de individuos cuyas ‘voluntades’ particulares expresan, en conjunto, lo mejor para ellos. Esta voluntad se expresa a través del voto. En un gobierno democrático, el 100% de la población adulta (digamos, el total de los ciudadanos) tiene acceso al voto. Sin embargo, también es importante que el gobierno caracterizado como democrático responda a las preferencias de sus ciudadanos sin establecer diferencias entre ellos.

Para esto, todos los ciudadanos deben tener igualdad de oportunidades para: 1) formular sus preferencias; 2) manifestar públicamente dichas preferencias; 3) recibir por parte del gobierno igualdad de trato. Tanto la formulación de las preferencias como su manifestación parecieran reducirse, en la democracia moderna, al uso del derecho al sufragio. En buena parte, porque hay una fuerte desigualdad que se observa en el alcance de los partidos políticos, sindicatos o asociaciones, frente al total de la sociedad.

Con respecto a la igualdad de posibilidades: ¿serán iguales las de un militante político de acercarse a la sociedad con una propuesta, que las de Marcelo Tinelli? Si un centro de estudiantes universitario insulta, reprende o critica al gobierno, ¿recibirá el mismo trato que Ricardo Darín cuando se excede en sus comentarios?

El sistema democrático presenta falencias o virtudes, según desde dónde se lo vea. No existen canales que permitan a los ciudadanos expresar opiniones, más allá de su asistencia a las escuelas el día que se vota. ¿Sería posible organizar un referéndum para que el total de la población sea sometido a voto para tomar diferentes políticas en asuntos de estado? Quizás esa sería una manera de permitir la acción popular directamente en el gobierno.

La experiencia nos demuestra que nuestro sistema sólo es democrático en tanto los ciudadanos actuamos en una parodia demencial que necesitamos creernos para sostener nuestro propio consenso. Cada domingo de elecciones concurrimos a las urnas ávidos de deseos por un futuro mejor, un futuro en el que gane nuestro candidato, aquel que traerá el fin de las políticas preferenciales. Tras el conteo de votos, festejamos o nos entristecemos, pero creemos que el nuestro sigue siendo el mejor de los sistemas posibles.

Mientras tanto, miles de militantes políticos sin voz ni voto plantean alternativas en espacios cerrados para algunos que los escuchan. No tienen alcance mediático. No cuentan con inmensas herencias o turbios negocios. No pueden acceder a una vida de ocio dedicada a la política, y continúan sin poder hacer llegar sus propuestas a la sociedad.

Un gobierno democrático debiera permitir el canal de acceso a todos aquellos que lo deseen. Mientras el sistema hegemónico y dominante, el capitalista, interceda en un sistema de gobierno que facilita el acceso a ciertos sectores de poder sobre otros, nuestro gobierno no será del pueblo, sino de los que se llenan la boca hablando de todos y por todos, continuando la farsa de que son los candidatos que el pueblo quiere, y no los que al pueblo les toca.

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