martes, octubre 26, 2021
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Democracia… ¿posmo?

Tras el advenimiento (alrededor del siglo XVI) de una nueva clase social, la burguesía, y las nuevas formas de explotación que aquella conllevó, el mundo moderno comenzó a separarse de una cosmovisión medieval y de ciertos elementos de diferenciación estamental que existían en la sociedad. Así se fue dando un lento paso hacia la atomización de la sociedad que, hacia fines del siglo XVIII, pasó a entronar la bandera de la libertad, fraternidad e igualdad como agente activo de progreso indefinido e in eternum.

Los adalides de la Revolución Francesa, además de aclamar por una República de iguales, con eventuales elecciones, circunscribían a ciertos ideales de una época. Figuraba, necesariamente, en su inconsciente, las ideas de la Ilustración y el positivismo. Éste, desarrollado primeramente en Francia por Auguste Comte, pregonaba una filosofía positiva (como sinónimo de lo real, lo tangible, comprensible y comprobable) que buscaba comprender los fenómenos sociales a partir de leyes de la biología. La ilustración (o el iluminismo) proponía que los hombres debían llenarse de conocimiento, pues la razón ilumina y permite el progreso de la condición humana hacia una sociedad más justa y libre.

Fue justamente un hombre ilustrado, Jean Jacques Rousseau, quien fundó las bases del contrato social, aquel que debía existir entre el pueblo llano y el soberano para poder coexistir. De los ideales de libertad y respeto en sociedad surgieron los motines que acabarían guillotinando al rey (Luis XVI). El nuevo gobierno echaba mano sobre las ideas del positivismo, que suponía que la ciencia y la técnica acabarían construyendo un mundo necesariamente mejor, y del iluminismo, que auguraba un mejor futuro para todos si concentramos nuestras acciones en el plano de lo racional (dejando de lado teogonías pasadas).

Junto a estas dos grandes corrientes de pensamiento se inscribió una tercera. Fue en el marco de las llamadas «revoluciones burguesas» que se difundieron las ideas de Marx de una sociedad igualitaria concebida a partir de la expropiación de los medios de producción a la burguesía y el establecimiento de propiedades comunitarias que habrían de permitir modos de repartición mas justos. Sería, entonces, el socialismo la forma más acabada de progreso de la humanidad, como punto cúlmine de la «lucha de clases» y del progreso humano.

El largo siglo XIX (al decir de Eric Hobsbawm) acabaría en 1914, con el estallido de la Primera Guerra Mundial. El siglo de los tres grandes ideales de progreso llegaba a su fin y, a su vez, los horrores de la guerra develaron el gran fracaso de las tres líneas de pensamiento. El positivismo había visto en las leyes de la ciencia y el progreso técnico el vehículo hacia la consagración máxima de los seres humanos, pero las cámaras de gas y la bomba atómica dieron por tierra con tal ideal: la técnica podía ser perfectamente usada para la mayor de las barbaries. A su vez, el genocidio concretado en campos de concentración daba cuenta de que todo lo real no era necesariamente racional: el ideal de la razón como principio de progreso quedó también en jaque.

Por último, la puesta en práctica del comunismo de la mano de Joseph Stalin en la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), vio corrompida el sentido de progreso que se le auguraba a una sociedad comunitaria, organizada por iguales, donde los medios de producción habían sido expropiados a la clase burguesa. Las matanzas («purgas«) de Stalin y los campos de concentración de la URSS, así como de la China de Mao, fueron argumentos convincentes para renegar del ideal de sociedad superior y libre, por vía comunista.

La frustración de estas tres corrientes de pensamiento ha dado lugar a que muchos pensadores de nuestro tiempo entiendan la sociedad pos-industrial (o bien, la sociedad posterior a las dos grandes guerras del siglo XX) como un quiebre en el paradigma de la modernidad. Dando, así, lugar al surgimiento de una post-modernidad. Carente de ideales y exacerbada en su individualismo, la posmodernidad allanaría el camino a nuevas formas del liberalismo económico, el neo-liberalismo que postula un movimiento en la cúpula del poder global, desde las naciones y hacia las empresas.

Pero este mundo de pos-guerra no solo ha valido para establecer al neoliberalismo como única vía al nuevo y mejorado capitalismo, sino que también ha colocado al sistema de gobierno democrático como el único posible: el más justo e igualitario, el mejor de los sistemas posibles. Finalizada la Segunda Guerra Mundial, el mundo entero entró en un proceso de descolonización de viejas colonias y neo-colonización de países periféricos a los que se insufló con los aires de la democracia, estableciéndolos ahora como cabecillas de la justicia y la paz, promulgadores del orden.

En fin, alguno diría que en tono con las propuestas pos-modernas, se les quitó el contenido y se les infligió un sentimiento que creyeron propio. Uno que todavía sostenemos y creemos nuestro. El sobrevaluado valor de la democracia, que vendría a ser como el nuevo ideal de progreso que se estableció sobre la base de la derrota de los anteriores y que pretende constituir un eje en el camino propuesto hacia una mejor sociedad.

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