Diversidad: desnaturalizar el “sentido común” cotidiano

Hablar de agresiones físicas o verbales a una persona por su orientación sexual parecería remontarnos varios siglos atrás. Pensar en crímenes fundamentados en que alguien tenga atracción por otro alguien del mismo sexo sería el guión de una película de terror.

De la misma forma, conocer la noticia de una golpiza propinada por un grupo de hombres a otro por el simple hecho de que éste último es homosexual sería lógico encontrarlo únicamente en una obra literaria de ficción. Sin embargo, este acto repudiable ocurrió en Argentina hace menos de un año.

Fueron siete muchachos los que, haciendo gala de su hombría, no tuvieron mejor idea que golpear a un joven que terminó en el hospital. Hace dos días, esos “machos” se convirtieron en los primeros condenados por “lesiones graves” con la figura de “odio hacia la orientación sexual” como agravante.

Lo que ocurrió en diciembre pasado

Día 1 del último mes del año pasado. Un grupo de amigos decidió, según la verdad que ellos mismos decretaron, hacerle entender a Jonathan Castellari que estaba equivocado. Y lo hicieron de la forma más pedagógica que encontraron a mano (literal): a los golpes.

Castellari, de 26 años, era culpable de un pecado imperdonable: ser gay. Por eso llegaron los guardianes de la moral y del camino “normal” para ponerlo en su lugar y darle una lección. Entre siete lo golpearon de forma tal que Jonathan terminó en el Sanatorio Güemes con heridas múltiples.

Los agresores fueron acusados y el martes, a casi un año del lamentable episodio, llegaron a un acuerdo con la Fiscalía por una pena de tres años de prisión en suspenso. A ello se le suma el cumplimiento de tareas comunitarias en el Bachillerato Popular Trans Moncha Celis, en la Casa Trans y en el Servicio de Endocrinología del Hospital Fernández.

Por último, el fiscal también requirió que concurran al curso sobre Discriminación y Derechos del Instituto Nacional contra la Discriminación, la Xenofobia y el Racismo (INADI). Aún resta la aprobación de todo el acuerdo por parte de la jueza María Cristina Bértola.

Odio hacia la orientación sexual, tan arcaico como actual

El poner sobre la mesa actos de discriminación e incluso agresión a personas por su orientación sexual y su auto-percepción debería ser parte de una discusión sobre historia, o bien asociarse con alguna persona desubicada. Ojalá fuera cierto, pero esta actitud sigue extendida, y en muchos casos naturalizada, en pleno 2018.

Recientemente en la sucursal de Plaza Italia de “Accademia della pizza” dos hombres fueron echados, perseguidos y golpeados por besarse. ¿Pero algo más tuvieron que haber hecho, verdad? No, simplemente se besaron. Pésima noticia, aunque seguida de otra que da esperanza: una movilización en la puerta del lugar que reunió a gran cantidad de personas cansadas de la homofobia, la transfobia y todo tipo de discriminación.

diversidad
Fuente: ecoslatinos.info

Que se besen, pero no adelante mío

Es cierto que las personas que llegan a la agresión física no son la mayoría. Incluso los que se refugian en el ataque verbal o simbólico son menos de los que pudieron haber sido años atrás. Sin embargo, miradas de desaprobación o comentarios discriminatorios proferidos en un tono de naturalidad forman parte del “sentido común” de no pocas personas.

Hay determinadas expresiones que quienes las utilizan suponen que todo el resto de los mortales debemos aceptarlas de la misma manera, cual verdades incuestionables. “Que se besen pero no adelante mío” es una muy repetida. ¿Por qué un hombre y una mujer pueden besarse sin problemas pero dos hombres o dos mujeres deberían pedir una suerte de habilitación o permiso? ¿A quién y en base a qué?

“Defendamos la familia tradicional” o la oposición a la adopción por parte de parejas del mismo sexo porque “la sociedad no está preparada para aceptarlo” son otras dos fijas de la Biblia de la gente bien. ¿Qué propiedad mágica superior tendría la familia tradicional frente a otra? Y, por otra parte, ¿en lugar de tolerar sin discusión que se discrimine a un chico/a por tener dos padres o dos madres, no deberíamos “preparar a la sociedad” para aceptarlo?

Auto-reafirmarse… ¿o el miedo a la incertidumbre propia?

Ninguna persona homosexual obliga a otras a serlo, ni tan siquiera las incita a eso. Tampoco una persona trans se dedica a reclutar trans. ¿Por qué debería ocurrir lo opuesto? Tener un gusto diferente o reconocerse en otros patrones no es causa válida para atacar lo diferente.

¿O será que esta necesidad de violentar verbal o físicamente lo diverso para reafirmarse a uno mismo nace de cierta inseguridad interna…?

Fuente de imagen de portada: udgtv.com

Matías Hernán Piccoli

Matías Hernán Piccoli

Gritando desde el 92. Licenciado en Comunicación Social en UBA. Escribo, hablo y escucho mucho.
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