jueves, septiembre 23, 2021
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Drácula, clásico eterno

El domingo se despidió «Drácula, el musical»

Un clásico es un texto, una obra, una intervención artística, que ha trascendido la barrera de la inmediatez y ha ganado un lugar en el centro del canon. Sirve como punto de referencia para futuras obras. Se convierte en faro o punto de guía. Legitima (o no) todo aquello que está por venir. De alguna manera, un clásico funda cierta genealogía: establece ciertas relaciones, afinidades, parentescos, incluso una posible línea sucesoria. La lógica del clásico es, en muchos aspectos, muy cercana a la lógica familiar.

Pocas piezas teatrales tienen la fuerza necesaria como para convertirse en clásico. Después de presenciar la puesta en escena del domingo 27 de marzo puedo afirmar, sin lugar a dudas, que Drácula es una de ellas. Los espectadores vivaron con entusiasmo la entrada de cada uno de los personajes principales. Se trataba, y lo afirmo sin temor a exagerar, de algo cercano a la devoción sacramental. Muchas veces la orquesta tuvo que interrumpir los aplausos, que no permitían el normal desarrollo de la obra. Era clara la presencia de un nexo muy estrecho, casi íntimo, entre público y actores.

[pullquote]¿Y si no hubiera fracasado en la obra anterior a Drácula, y nunca hubiera tenido la necesidad de escribir otra pieza teatral? ¿Y si Angel Mahler no le hubiera pedido trabajar con él en ese nuevo proyecto? ¿Y si en las pruebas no hubieran elegido a Juan Rodó? ¿Qué hubiera pasado entonces?[/pullquote]

La gente llenó las butacas del teatro Astral no sólo con amigos y conocidos, sino con sus propios hijos pequeños. Sí: niños chiquitos usando capas rojas y ostentando con orgullo la remera de “Drácula el musical”. Nenes que conocían cada verso de cada canción y se enfervorizaban junto con sus padres. Sólo recuerdo haber presenciado un fenómeno parecido con el estreno del episodio VII de Star Wars. Se estaba jugando allí algo del orden de la transmisión. La herencia. El legado. Esos padres-espectadores que llevaban a sus hijos no lo hacían a modo de distensión: estaban marcando una huella cultural.

Y llegó el final. El público estalló cuando salió Juan Rodó. Como es ya costumbre en el ámbito teatral, luego de los saludos correspondientes subió el director. Pepe Cibrián no se limitó a saludar al público desde una fría torre de marfil, sino que tomó el micrófono e interactuó con los espectadores. Primero recordó a los ausentes, aquellos que ya no estaban y que le habían otorgado un incondicional apoyo (sus padres). También contó con picardía que durante el inicio del segundo acto había hecho un cameo -disfrazado de “bicho”- porque le gustaba bromear con su elenco.

Luego transmitió lo que había experimentado mientras miraba esa función. Afirmó que (incluso luego de 25 años ininterrumpidos de éxito) seguía sintiendo lo mismo cada vez que miraba la última representación. Pero que, esta vez, se había detenido en una pregunta en particular: “y si….?”. ¿Y si no hubiera fracasado en la obra anterior a Drácula, y nunca hubiera tenido la necesidad de escribir otra pieza teatral? ¿Y si Angel Mahler no le hubiera pedido trabajar con él en ese nuevo proyecto? ¿Y si en las pruebas no hubieran elegido a Juan Rodó? ¿Qué hubiera pasado entonces?.

Nadie sabe lo que hubiera pasado, concluyó Cibrián. Pero lo cierto era que ahí estábamos todos. Preguntó cuántas veces habíamos visto la obra. ¿Una? ¿Cinco? ¿Diez? ¿Cuarenta? (sí, muchos levantaron la mano en esa última instancia). Y hasta se animó a una broma: “Cuarenta veces… eso es Drácula, ¡dejémosnos de joder!”.

Líneas sucesorias. Parentescos. Incluso el derecho a la broma o el absurdo. Definitivamente, Drácula es un clásico.

Tras 25 años de éxito ininterrumpido resulta algo muy, muy cercano a una familia.

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