miércoles, diciembre 8, 2021
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Enemigos de la democracia

Primero lo primero: ¿puede tener enemigos un sistema político? Y, si los tiene, ¿son éstos otros sistemas o más bien los individuos que lo integran? Algunos dirán que son los propios ciudadanos, sobre todo un conjunto de ellos que están desinformados, calificados de ignorantes y que votan a los partidos según el color (literalmente) de los candidatos. Estos argumentos ponen en juego uno de los elementos propios de la democracia moderna: todos los ciudadanos deben tener la posibilidad de elegir a sus representantes, si asumimos que la democracia es de y para todos por igual.

Claro que eso establece un problema de base: ¿cómo puede ser que todos queramos lo mismo al mismo tiempo? Uno de los grandes teóricos de la democracia moderna, Jean Jacques Rousseau, escribía a mediados del 1700: “Quien quiera que se niegue a la voluntad general será obligado a ello por todo el cuerpo. Esto significa tan sólo que se lo obligará a ser libre”. En El contrato social, Rousseau proponía que había una voluntad general que pesaba más que los intereses particulares; quien no estuviese de acuerdo debía ser obligado por la mayoría, ya que la base de la libertad estaría en el consenso mayoritario.

Sin embargo, es importante destacar que el filósofo francés estaba completamente seguro de la bondad y la buena voluntad del ser humano. Sostenía que el hombre era «un buen salvaje» y que, al dejarlo ser, sería necesariamente bueno. Bajo esa premisa, quedaría inmediatamente sustentada la idea de que la democracia es el mejor de los sistemas posibles. Si las personas son buenas por naturaleza, qué mejor sistema que aquel que permite a las mayorías tomar las mejores decisiones para todos. Lamentablemente, otros han demostrado que la democracia es compatible con la desigualdad, la irracionalidad, la injusticia, la aplicación particularista de las leyes, la mentira, la ofuscación, un estilo policial tecnocrático e incluso una dosis considerable de violencia arbitraria.

Ahora bien, como ya habíamos analizado, las características de los individuos -todos miembros de la sociedad- no pueden ser los enemigos del sistema que integran. Nos queda por analizar, entonces, otros sistemas posibles. En Argentina se insiste con la idea de que la dictadura es la enemiga de la democracia, y eso puede ser cierto para nuestra experiencia reciente, pero la realidad es que nuestra experiencia de terrorismo de estado va mucho más allá de la idea de una dictadura. Un sistema dictatorial no busca la eliminación de un sector social, o un genocidio. Si es por eso, no debemos olvidar que sistemas totalitarios se gestaron en un gobierno que accedió al poder por medio del voto y buscaron luego objetivos similares.

Así como el caso de nuestro país, se suele escuchar que la contraposición de la democracia sería el totalitarismo, las monarquías, o un gobierno tiránico. Llegado al caso, recordemos la sucesión de gobiernos y sus desviaciones que enunciara Platón en su República: la monarquía, devendría en tiranía, sería derrocada por una aristocracia que se convertiría en oligarquía, lo cual llevaría a la democracia, que se vería corrompida por la oclocracia. Así, el círculo volvería a iniciarse bajo el poder absoluto de un rey. El mejor de los gobiernos, para el filósofo griego, sería una monarquía donde un viejo sabio reine, y donde se estipule un sistema de enseñanza pautado según rangos etarios.

La cuestión es que se sigue repitiendo lo que pensaba Platón. La democracia (devenida en el gobierno de «los muchos»: la oclocracia) vería su fin en cuanto un fuerte soberano se hiciese con las riendas del gobierno. Claro que, hoy en día, las elecciones se han convertido en la disputa de algunos fuertes soberanos por el control del aparato político nacional, donde el pueblo ejerce su soberanía solo en tanto y en cuanto elije entre unos pocos personajes de «alta» dignidad.

Si entendemos a las elecciones como la evidencia de un sistema consumista que alcanza los límites de su anchura al transformar el universo de lo político en una simple contienda entre trademarks, entonces quizás el único verdadero enemigo de nuestro actual sistema sea uno que desbarate el interés individualista y consumista del actual demócrata: será entonces un sistema comunista el que se presente como lo contrario a la democracia capitalista-parlamentaria que pareciera ser sin lugar a dudas, el mejor de los sistemas posibles.

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