sábado, septiembre 25, 2021
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Independencia en Argentina: mitos y verdades

Se acerca el Bicentenario de nuestra independencia y, como es común, empiezan a resonar todo tipo de comentarios acerca de qué ocurrió en nuestra Argentina hace 200 años, en 1816. Mitos más, mitos menos, uno de sus más grandes exponentes -ni sería necesario decirlo- es Felipe Pigna, quien con su programa producido por Cuatro Cabezas «Algo habrán hecho», cautivó las mentes de grandes y chicos contándole los pormenores de los grandes eventos de la Historia Argentina.

Casa de Tucumán
La casa de Tucumán donde se firmó la independencia

Lo que más se repite, al igual que cada 25 de mayo, es que aquel pueblo que decidió oponerse a la corona española no eran más que unos cuantos vecinos destacados, los únicos a los que se consideraba «pueblo» en estos lares. También se recuerda que la venta de empanadas de la actual Plaza de Mayo se hacía dentro de la Recova que separaba las plazas «de la Victoria» y del «Fuerte»; no había vendedores «ambulantes» que se acercasen a los transeúntes. De más está decir que aquel glorioso Congreso de Tucumán donde se firmó la independencia de la corona española, no era más que una casa alquilada por el Estado en función de organizar los debates que se iniciaron en marzo de 1816 y concluyeron en enero de 1817.

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Pero este tipo de discusiones periféricas se olvidan de algunas cuestiones de fondo: ¿qué significó la independencia entre 1810 y 1816? ¿Quiénes participaron de esas decisiones? ¿Qué país nacía a partir de la independencia firmada en 1816?

Cuando pensamos en conceptos de la actualidad que fueron usados también en el pasado solemos cometer el error de pensarlos como si sólo pudiésemos atribuirles un único significado. Ejemplos sobran. El término latín servus, por mostrar uno de ellos, dio a la lengua española dos palabras cuyo significado es dispar: ‘esclavo’ y ‘siervo’. Asimismo, la ‘economía’ tampoco nació con el mismo significado que le otorgamos hoy en día. El concepto tiene un significado concreto en un momento específico, responde a un contexto, a un espíritu de época, a un sentir y un debate propio de sus contemporáneos. Y, además, es susceptible de vivir modificaciones que tienen que ver, justamente, con ese contexto.

Entonces ¿qué pasa cuando se habla habitualmente de la Independencia? Principalmente, hablar de este proceso de independencia supone ante todo pensar nuestra historia de modo teleológico; es decir, con un fin específico. Cuando contamos la historia «con el diario del lunes», podemos asumir que aquello que ocurrió el domingo debía suceder inexorablemente, que era parte del plan. Pero la verdad es que en el momento que las cosas están sucediendo, nadie sabe en qué sentido avanzarán. Cuando se firmó la independencia, no existía la Argentina, ni el proyecto de país que hoy tenemos, no había presidentes ni sufragio universal, no había siquiera unanimidad acerca de la democracia.

mapa del congreso de tucuman
Los territorios que hoy corresponden a Entre Ríos, Corrientes y Santa Fe no participaron del Congreso

El problema de suponer el proceso como un único esfuerzo con un mismo fin se debe remontar a la Revolución iniciada en 1810. Cuando los vecinos del Río de la Plata decidieron conformar una Junta de Gobierno en nombre de Fernando VII no hacían más que reproducir los mismos argumentos que esgrimían los españoles peninsulares que se resistían a la ocupación francesa en la península ibérica. La Junta Central de Sevilla había nombrado Virrey a Baltazar Hidalgo de Cisneros, pero en 1810 Sevilla había sido tomada por Napoleón: la representatividad que los españoles aseguraban que recaía en el pueblo estaba entonces reunida bajo la figura del Consejo de Regencia, en Cádiz. La caída de Sevilla fue lo que quitó mayor autoridad a Cisneros, y lo que finalmente determinó su salida del gobierno.

Cuando los patriotas decidieron «independizarse» de la tutoría española en 1810, lo hacían bajo la premisa de autogobernarse del mismo modo que lo hacían los españoles peninsulares. Los españoles, además, creían que los virreinatos de América eran colonias: no eran parte del territorio gobernado por la corona de Castilla, sino más bien propiedad de la corona, inferiores en todo sentido. Así, muchos de los que lucharon por la separación de España lo hacían pensando que no querían ser inferiores a sus iguales españoles, querían ser iguales en su calidad de súbditos de la corona.

Pero, finalmente, cuando se firmó la Independencia 6 años después, la guerra estaba avanzada. El apoyo del «pueblo» (no solo de los representantes, si no también de los indígenas y los sectores más marginales) que participó en las batallas y la identificación con una bandera «nacional» había hecho mecha en una comunidad que poco tenía para identificarse antes de 1810. En 1815, cuando Fernando VII recuperó su trono, se aceleraría el proceso de independización.

Fusilamientos del 3 de mayo
En 1814, para celebrar el inminente regreso de Fernando VII, Francisco de Goya y Lucientes pintaría «Los fusilamientos del 3 de mayo» para mostrar el heróico levantamiento español tras la ocupación francesa.

Las sesiones en el Congreso de Tucumán iniciaron en marzo de 1816 y recién el 9 de julio se aprobaría discutir sobre la independencia. El mismo día, Juan Francisco Narciso de Laprida (diputado por San Juan que presidía la sesión) preguntó a los congresales si querían que las provincias fuesen independientes de la corona española. La respuesta fue unánime y vehemente. Pero no se firmó un Acta de Independencia del país, y menos aún de la Argentina.

Se firmó la «Independencia de las Provincias Unidas en Sud América«. Nótese la importancia de la preposición: no eran las provincias unidas de Sudamérica, sino que eran unas provincias que estaban todas en Sudamérica. Si bien el Acta original fue robada, se realizaron copias manuscritas e impresas para difundir la decisión en el territorio. Las copias estaban en español, quechua y aymara: tanto los diputados de Salta como los de Jujuy respresentaban a una población que mayoritariamente no hablaba el castellano, además había cinco diputados de poblaciones que hoy son parte del territorio boliviano, donde prevalecía el aymara.

Acta de la independencia en castellano y aymara
Acta de la independencia en castellano y aymara

En lo que respecta a la actual Argentina, diputados de Buenos Aires, La Rioja, Catamarca, Tucumán, Salta, Jujuy, Mendoza, San Juan, San Luis, Santiago del Estero y Córdoba formaron parte del Congreso de Tucumán. El actual territorio que ocupan Santa Fe, Entre Ríos, Corrientes y Misiones formaba parte de la Confederación de los Pueblos Libres junto con el actual Uruguay, sus dirigentes estaban agrupados en torno de la figura de Artigas, quien había mandado algunas instrucciones a la Asamblea de 1813, pero al no encontrar eco en sus palabras, se había mantenido escindido. El resto, era territorio dominado por indígenas; el mismo no habría de conquistarse hasta finales del siglo XIX. Pocas cosas identificaban a estos intérpretes del futuro de la patria entre sí. Difícil suponer, en aquel momento, que todos se unirían para conformar un país.

Por último, queda un aspecto por recordar. Si bien las provincias decidieron en conjunto la independencia, no lograron ponerse de acuerdo sobre el sistema de gobierno. Los proyectos de organizar una monarquía constitucional (ya sea con un príncipe europeo, como pretendían los porteños; o coronando a un inca, como defendieron Güemes, Belgrano y San Martín) no pudieron consagrarse por sobre las ideas republicanas, el resultado fue un constante enfrentamiento entre quienes querían centrar el poder en Buenos Aires -donde la Aduana ejercía un poder consideable-, y aquellos que pretendían un gobierno federal. Ni siquiera la derrota de Rosas en 1852 permitió la organización de un territorio unificado bajo la Constitución de 1853. Recién en 1862 se hablaría por primera vez de la República Argentina, cuando Mitre -tras vencer en nombre de la provincia de Buenos Aires a la Confederación Argentina comandada por Derqui- venció en la batalla de Pavón. Un año después, en 1863, España reconocería nuestra independencia.

Es importante recordar que la historia de nuestro país excede el nacimiento del mismo. No es el único caso, por cierto. Qué mejor ejemplo que la histórica Italia, que remonta su historia a más de dos mil años pero logró su unificación luego de un largo proceso que abarcó buena parte del siglo XIX. La independencia marcó la punta de lanza, el paso al vacío que ha de dar un pueblo que se decide a transitar lo desconocido. El abanico de posibilidades que se abrió tras un 9 de julio, hace 200 años, excede al sesgo habitual de suponerlo el inicio incuestionable de nuestra nación.

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