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Inmigrantes, un asunto recurrente

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Calentamiento global, desigualdad, extremismos religiosos, conflictos bélicos, desprotección ambiental son algunas problemáticas con las que nos toca convivir. A este panorama se debe agregar una que continuamente crece en magnitud: las migraciones.

El desplazamiento de personas de un país a otro aumenta su relevancia cada día que pasa, tanto en despachos gubernamentales como en medios de comunicación y, en medida no menor, en charlas de café. La llamada “crisis de los refugiados” es la expresión más extrema y clara de esta problemática que afecta a millones de personas.

La necesidad que choca con el miedo

Esta situación pone frente a frente dos realidades. Por un lado, las necesidades que llevan a una persona (y familias enteras) a dejarlo todo y partir hacia una tierra desconocida que no sabe qué le puede deparar. Entre dichas necesidades encontramos, principalmente, una situación socioeconómica agobiante o violencia permanente. Por otro lado, los países “receptores” se aferran cada vez con mayor fuerza a los nacionalismos, acercándose ya sin pudor a la xenofobia y el racismo.

Casi ninguna región del mundo está fuera de este escenario. Europa y Estados Unidos, principalmente desde que asumió Trump, son el más claro exponente de la lucha diaria entre ciudadanos que buscan una vida mejor (o al menos sobrevivir) y fronteras que se cierran.

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América Latina, con los inmigrantes atragantados

En este panorama América Latina también tiene un papel protagónico. Es el caso de Venezuela, responsable del mayor éxodo de la historia moderna en esta región. Y el de Brasil, con Bolsonaro haciendo de Trump y generando el contagio de países vecinos, con Argentina ya en estado avanzado.

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En este país la discusión en torno a los extranjeros es permanente, con mayor o menor énfasis según la época. Las opiniones son diversas y los grises que alimentan el debate circulan entre dos extremos: el de promoción a la llegada irrestricta de inmigrantes y el de un pleno nacionalismo que entiende al extranjero como amenaza. Es en determinadas situaciones, como la actual, cuando éste último se acentúa notablemente.

La excusa perfecta para echar

La represión desatada por las fuerzas de seguridad en Buenos Aires, en el momento en que los diputados votaban el presupuesto para 2019 construyó de un momento a otro el pretexto para echar a inmigrantes del país. La detención de un turco, un paraguayo y dos venezolanos es motivo suficiente, parece, para iniciar una cacería de brujas.

Si bien continuamente está viva la condena de muchos argentinos a los inmigrantes que estudian en las universidades nacionales o que se atienden en hospitales públicos, hay épocas en las que una opinión honesta, que puede dar pie a un debate constructivo, se acerca peligrosamente a la xenofobia y el racismo infundado.

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Así como Trump, al prohibir el ingreso a Estados Unidos de las personas de determinadas nacionalidades, equipara a cada una de ellas con el terrorismo, hay visión prejuiciosa instalada en muchos otros países.

Es la concepción de vincular, sin pensarlo mucho, a extranjero con delito. Aunque, vale aclarar, esta idea se asocia a latinoamericanos o africanos (recordar la represión a vendedores senegaleses): europeos y “yanquis” son bienvenidos. Nada nuevo bajo el sol, si uno lee ensayos del siglo XIX.

Culpable hasta que se demuestre lo contrario (en otro país)

En el caso del turco, el paraguayo y los venezolanos detenidos en Buenos Aires la condena social y la culpabilidad fueron inmediatas, sin aguardar a conocer pruebas y evidencias antes de emitir juicio. En algunos grandes medios, incluso, se hizo una suerte de sociología escasamente fundamentada y se dibujó una imagen del ciudadano turco como peligroso por ser “marxista-guevarista”, seguir en redes sociales a políticos “de izquierda” o participar de marchas. Es una visión que retrasa siglos de avance político, social, ideológico y cultural.

Algo similar hacen los funcionarios que reclaman una rápida expulsión de esos cuatro inmigrantes, incluso pasando por alto los procesos judiciales correspondientes. Pero lo grave, por si esto no lo fuera, es que este caso se busca establecer como modelo para aplicar de aquí en más.

El límite moral de los límites geográficos

Estamos de acuerdo en que quienes cometen un delito deben ser juzgados, hayan nacido en Argentina o no. Lo que no se puede aceptar, y menos naturalizar, es que por el mero hecho de haber nacido en otro país sean “más” culpables, sin que las evidencias parezcan necesarias. Ni tampoco podemos acostumbrarnos a convertir en sinónimos a extranjeros y amenaza.

Nativos e inmigrantes somos todos seres humanos y convivimos dentro de fronteras que fueron establecidas política y militarmente. ¿Hay que actuar ante la problemática de los migraciones masivas? Sí. ¿Hay que establecer controles en la frontera? También. Pero no hay que asumir que los límites políticos son más importantes que los seres humanos.




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