La democracia, a la izquierda

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Mucho se ha hablado esta semana sobre el papel de la izquierda argentina en las últimas elecciones para jefe de gobierno de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Todos los que deseaban una victoria del partido opositor acusaron a la izquierda de hacerle el juego a la derecha: “al final los opuestos se juntan”, se escuchó por ahí.

Por su parte, los defensores de la izquierda-del-voto-en-blanco se ocuparon de defenderse haciendo notar lo equivocados que están todos pensando que el “jueguito” este de la democracia sirve para algo. Si los que pelean por los puestos de gobierno son siempre la derecha patronal que busca solamente el propio beneficio, votarlos a ellos (cualesquiera sean) es validar un sistema orquestado para sodomizarnos a todos subrepticiamente.

Así, un cinco por ciento de los votantes decidieron estampar un voto no-positivo y dejar que el resto se las arregle. Lo cierto es que ni todos los que habían votado a la izquierda en primera vuelta votaron en blanco para el balotaje, ni todos los que votaron en blanco en el balotaje votaron a la izquierda en primera vuelta. Además, cómo culpar a un sector mínimo de votantes, cuando la mitad de los que votaron decidió votar al partido ganador.

Todo el argumento de aquellos indignados que expresaron su enojo contra la izquierda parece reducirse a un simple silogismo: la izquierda no tenía candidato, los que no tienen candidato votan en blanco, la izquierda votó en blanco. Es cierto que el FIT llamó a votar en blanco, pero tampoco el FPV pidió aunar fuerzas con su oveja descarriada, Lousteau. Para todos está claro que los seguidores del modelo nacional se aguantaron la bronca y votaron contra el PRO.

En realidad, tiene sentido. Si suponemos que los partidos de izquierda se sienten igual de desilusionados por cualquier partido que no esté del lado de los trabajadores, entonces todos podemos asumir que los que se sumaron al voto anti-PRO fueron los que votaron a Recalde. Pero entonces nos preguntamos para qué la izquierda presenta una alternativa democrática a las elecciones si después se congratula a sí misma por su falta de confianza en el sistema y llama a congraciarse con sus votantes a partir del desmantelamiento de la farsa electoral.

Todo parece orquestado por un cinismo manipulador que da rienda suelta a intereses siempre singulares ¿de quién? Difícil proponer una respuesta. Lo cierto es que la izquierda de los trabajadores denuncia el uso de los espacios gubernamentales para beneficios individuales o partidarios, y eso no lo discuto, y se arroga las victorias en el congreso llamando a tener conciencia que la fuerza debe estar donde se deciden las leyes.

Dado ese punto de vista, el de la corrupción y deshonestidad extremos que circundan los espacios de poder, parece una lástima que la izquierda no haya llamado a votar por la oposición. Darle la oportunidad a Lousteau de gobernar era, aparte de darle la chance a un otro de mostrarse honesto e incorruptible, la oportunidad de comenzar a desmantelar los espacios de poder ocupados por el partido oficialista. Aún si imagináramos el peor de los escenarios posibles, la organización corrupta que pudiese orquestar Lousteau tardaría en ponerse en marcha y significaría –a la vez- el desarme de la organización corrupta anterior.

La izquierda argentina, al menos la izquierda democrática que puja por un espacio de poder para realizar el cambio, es siempre un lugar común de la crítica. Sus divisiones infranqueables y sus discusiones sobre métodos y formas les han impedido hacer frentes generales que han mostrado su efectividad en Brasil o Uruguay. Igualmente, siguen haciendo referencia a su verdadera concepción democrática, se muestran como los referentes de la democracia latinoamericana, o nacional.

El mesianismo de izquierda no caduca, siempre prestos a mostrar lo equivocados que están los otros continúan alimentando las críticas que los acusan de separatistas y quiméricos. Convencidos de que ellos presentan la única alternativa viable de democracia justifican el que hayan colaborado a mantener al oficialismo entre los porteños.

Basta recordar que, ante el debate por la ley del voto femenino impulsada por el Partido Socialista pero puesta en marcha por el peronismo, el PS decidió votar en contra, sólo para marcar posición. Sólo para dejar sentado que esa era una ley de ellos, los socialistas, los conocedores del verdadero atributo de un gobierno democrático. Más de medio siglo después, siguen sosteniendo la misma postura que le valió tantas críticas, ensimismados con una lógica anti-sistema (pero involucrados en lo que ellos llaman una alternativa de cambio intra-sistema) siguen proponiéndose como los únicos detentores del real sentido de la democracia.

Mientras sigan sin alcanzar los espacios a los que aspiran, la posición es bastante cómoda. Podrán seguir argumentando en contra de este sistema avasallante, ya que ellos permanecen al margen. Es cierto, hay que decir, que han cumplido con las donaciones de sueldos que prometieron y han realizado alternancias en los cargos conseguidos, demostrando una participación consciente de su discurso democrático. Pero mientras se regodean con el frustrado funcionamiento de la democracia actual, absteniéndose de participar sólo propician un espacio de crítica que seguirá aduciendo que la izquierda argentina (esa izquierda extrema, dicen, que no tiene nada de extrema) le hace el juego a la derecha.




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