sábado, octubre 23, 2021
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Libertad, liberalismo y democracia: las tensiones ensanchan el concepto

Mucho se ha escrito sobre la relación entre liberalismo y democracia. En un principio, se decía que eran conceptos antitéticos, incompatibles. Si el liberalismo pretendía un Estado mínimo que regulara nimiedades y dejase a los ciudadanos la libertad para consagrarse a todo tipo de actividades en tanto no perjudiquen a otro, en especial el libre comercio, la democracia suponía un Estado máximo, donde todo el pueblo fuera gobierno.

Pero así como la democracia se probó a sí misma que podía rebasar los límites imaginados por los atenienses volviéndose representativa, también podía aprender a limitarse internamente para dar lugar a exacerbaciones de índole individualista. Bregando por el derecho a la libertad (y las libertades), algunos interesados en mantener el poder fueron carcomiendo poco a poco la capacidad tentacular de la democracia y la fueron recluyendo en un mero Estado liberal con elecciones democráticas.

Los liberales consiguieron aunar conceptos que parecían contrapuestos y los demócratas convencieron al mundo de que la restitución de la más grande idea que tuvieron los creadores de la civilización (y la lengua) era el mejor de los sistemas posibles. Esta compatibilidad se probó en la Constitución de los Estados Unidos de 1776 y el hecho de que los negros no hayan tenido acceso al voto hasta el siglo XX es prueba suficiente de lo malogrado que estuvo el espíritu democrático de aquellos ociosos filósofos atenienses.

La demostración del alcance mundial de esta Constitución podríamos encontrarla en la Revolución Francesa. Tras la ejecución del rey se impuso una república democrática, donde votarían todos los ciudadanos. Los datos indican que sólo lo hacía un tercio de la población. Para poder sufragar había que ser ciudadano francés, mayor de 21 años, varón, y no tener causas policiales (ni por sospecha). Así y todo, el porcentaje fue disminuyendo a medida que se fueron agregando otros requisitos como el de la propiedad y salario mínimo.

Las condiciones que sumaron los franceses mucho tienen que ver con lo que predicaba el Estado norteamericano. Éste entendía que lo que hace al hombre tener potestad sobre las decisiones de la Nación era su pertenencia a la misma, a partir de la propiedad de una porción.

La distinción (y el problema) radicaba en las diferentes políticas que presentaban los estadounidenses y los franceses. Mientras los primeros buscaban instalar a los pequeños campesinos (que llamaban yeomen) en pequeñas explotaciones propias que debían proteger con su muerte (desde aquella época la manía de los norteamericanos de sacar el revolver ante cualquier altercado); los segundos ya tenían un espacio geográficamente establecido, limitado y explotado, y no buscaron expandirse ni generar una reforma agraria que diera propiedad a todos aquellos que hicieron su parte por la Revolución, pero que no tenían propiedad alguna.

Como hemos visto, la democracia es sumamente elástica: de pensarse sin representantes se ha vuelto necesariamente representativa; de pensarse para todos por igual, se logró transformar en censitaria. Hoy en día, liberales y estatistas siguen discutiendo pero nadie reniega de la democracia. Tal es así que, incluso anarquistas (quienes por definición luchan contra la existencia de un Estado), se han arrogado verdaderos valores democráticos, pidiendo el voto directo y asumiendo un rol activo en algunas elecciones.

La libertad, al final, al igual que el liberalismo, sólo son aspectos que pueden variar, pero el verdadero elemento conciliador sigue siendo la voluntad democrática que nos une a todos. Pronto no habrá alternativas que se presenten ante este sistema, aunque algunas lo han hecho y pronto las analizaremos.

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