miércoles, diciembre 8, 2021
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¿Lobo estás?

Cultura del miedo vs. cultura de la infancia.

Cuenta el pedagogo italiano Francesco Tonucci que tiempo atrás los adultos le temíamos al bosque. El bosque simbolizaba todo lo prohibido. Era el sitio donde los héroes de los cuentos se extraviaban; el hogar obligado de brujas, monstruos, seres tenebrosos. Si alguna desgracia tenía que ocurrir, sin lugar a dudas sería en el bosque.

En contrapartida, el ámbito de la seguridad era el pueblo. El vecindario. La ciudad. Si en el bosque el héroe del cuento vagaba solo y sin ayuda, en el vecindario contaba con la ayuda de sus pares. La ciudad (y su microcosmos, el barrio) eran la metáfora de la civilización. Allí los vínculos estaban asegurados, porque la ciudad era el espacio del juego y de los amigos.

Los tiempos han cambiado. Los espacios, también. En un notable desplazamiento significante, el bosque dejó de ser el referente de lo oscuro para pasar a constituir el eje de los relatos fantásticos contemporáneos. Se erigió como ideal de nobleza –una suerte de eterno Grial. La ciudad, por otra parte, pasó a representar la soledad, el peligro (muchas veces el horror).

¿Qué pasó?

Nuestra ciudad no tiene lugar para la infancia. No hay posibilidad de ser niño en una de nuestras modernas metrópolis. Simplemente no hay tiempo. Los chicos están demasiado ocupados con la escuela, las actividades extracurriculares, los requerimientos deportivos. Deben prepararse hoy, ya, para convertirse en esos ciudadanos adultos del mañana. No sólo eso: deben ser mejores. Adelantarse a su tiempo, estar un paso adelante. Saber idiomas, música, computación, y en lo posible destacarse en una o varias de estas áreas. Atravesados por el deseo y las expectativas paternas, pocas horas les quedan para el juego o la imaginación.

Pero hay algo más. Nuestra ciudad se encuentra atravesada por el miedo. No un miedo único, centralizado, con mayúscula, nombrable y palpable, sino muchos (los miedos, como los demonios, suelen ser legión). Miedo al dengue. Miedo a los asaltos a mano armada. Miedo a las redes de trata. Miedo a perder el trabajo. Miedo a no llegar a fin de mes. Miedo al vecino. Miedo a salir a la calle y no volver más. Miedo al ADD, el autismo, la hiperactividad. Miedo al fracaso escolar. Miedo al bullying. Miedo a la violencia de género. Miedo a la comida transgénica. Miedo a no ser lo suficientemente popular, querido, aceptado.

El niño es más inteligente: no tiene miedo. Y lucha. Lucha por preservar su derecho a la infancia, su potestad sobre el juego. Quiere salir a la calle con sus vecinos. Quiere charlar con el extraño que espera junto a nosotros en la parada del colectivo. Quiere desarmar su habitación, su casa, su barrio: habitar sus propios espacios vitales. Reclama para sí un poco de esa ciudad que (en parte) le pertenece.

Dejemos que el bosque ingrese en la ciudad. Entonces –quizás- la cultura de la infancia pueda imponerse sobre la del miedo.

*Para seguir leyendo: Franceso Tonucci, “La ciudad de los niños”. Editorial Losada.

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