Modos de ver

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(o sobre la urgencia de pensarnos distinto)

Cuando era ingresante a la carrera de Letras leía ávidamente todo lo que caía en mis manos. En una de las materias introductorias me topé con un libro de Berger que llevaba el mismo título que esta nota: “Modos de ver”.

John Berger analiza una serie de fenómenos en torno a la representación, en particular la representación femenina en la pintura. Hay todo un capítulo dedicado a la mujer y al desnudo. Desde el momento en que leí esas páginas mi mirada sobre el arte cambió sustancialmente. Pero también cambió de modo radical la manera en que hasta ese momento pensaba a mi propio género. De repente entendí que la mujer lleva sobre sí la enorme carga de pensarse sujeto Y objeto al mismo tiempo; que su propia concepción de sí misma se encuentra, generalmente, atada a la visión que los demás tengan de ella.

Hubo un párrafo en particular que subrayé y que quedó grabado en mi retina (y mi memoria) para siempre. Se trata de la parte en la que el autor afirma que la identidad de la mujer se encuentra escindida, partida en dos. “Una mujer debe contemplarse continuamente. Ha de ir acompañada casi constantemente por la imagen que tiene de sí misma. Cuando cruza una habitación o llora por la muerte de su padre, a duras penas evita imaginarse a sí misma caminando o llorando. Desde su más temprana infancia se le ha enseñado a examinarse continuamente. Y así llega a considerar que la examinante y la examinada que hay en ella son dos elementos constituyentes, pero siempre distintos, de su identidad como mujer”.

Las palabras de Berger me golpearon como un martillo, y a partir de ese momento entendí que me encontraba atrapada en una encrucijada, un callejón sin salida (a los de Letras nos gustaría usar la palabra “oxímoron”). Yo quería ser libre, constituirme como un sujeto pleno, pero mi identidad se encontraba atravesada por la mirada del otro – un otro provisto de poder, un otro con la potestad de decidir no sólo sobre mis criterios morales, sino también sobre mi cuerpo y quizás la continuidad de mi existencia. Y lo terrible es que yo había interiorizado esa mirada.

Me di cuenta de que en mí realmente existía una suerte de instinto policíaco, que yo misma me contemplaba y juzgaba continuamente en base a parámetros ajenos. Que devenía objeto de una eterna contemplación moral.

Hoy decidí escribir este artículo en primera persona. Alejarme de una presunta búsqueda de objetividad periodística. Y decidí hacerlo desde una de mis anécdotas más privadas y queridas, un relato que a primera vista podría parecer banal pero que implicó un punto de quiebre en mi vida. Lo hago porque hay varias cuestiones que me interpelan doblemente como sujeto y como mujer. Y pensando, me pregunto, como sujeto y como mujer:

¿Cuánto tiempo más tenemos que tolerar que nos violen y nos asesinen?

¿Cuánto tiempo más tenemos que soportar que nos metan en bolsas de basura como si fuéramos desechos descartables?

¿Cuánto tiempo más seguiremos acusando a las víctimas, esgrimiendo una pobre moralina, y defendiendo a los victimarios?

Y, quizás, lo más terrible de todo: ¿cuánto tiempo más nos acusaremos las unas a las otras de putas, de fáciles, de histéricas? ¿De llevar la pollera demasiado corta, de salir a la calle demasiado tarde, de viajar demasiado lejos (a Ecuador, por ejemplo)?

Durante siglos nos pensamos como sujetos pasivos, como objetos de la mirada de otros. Lo que está pasando es demasiado terrible, demasiado cierto, demasiado alejado de las teorías universitarias, como para seguir esquivando la vista. Ya no podemos seguir ignorando a esas que

son golpeadas

quemadas

violadas

humilladas

enterradas en bolsas de basura.

Todas las semanas. Todos los días. Ahora mismo.

Es tiempo de cambiar nuestro modo de ver.

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