viernes, octubre 22, 2021
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Pizarnik y el Vampirismo

No sólo Bram Stoker se interesaba por los vampiros: Alejandra Pizarnik también revisitó la figura de una sanguinaria condesa

Recientemente la editorial Libros del Zorro Rojo ha reeditado uno de los textos más emblemáticos de Alejandra Pizarnik: «La Condesa Sangrienta». Con el agregado de las ilustraciones de Alejandro Caruso, el libro interpela al lector y lo conduce a un estado muy cercano a la náusea o la fascinación.

En «La Condesa Sangrienta» Pizarnik explota la figura de Erzebet Bathory, una condesa de Transilvania que anhelaba la juventud eterna y que recurrió a los más atroces crímenes para preservar su belleza. Cuenta la leyenda que Erzebet se bañaba en la sangre de doncellas y que sometía a sus damas de compañía a torturas inimaginables; que empalaba y quemaba a sus víctimas, buscando extraer de ellas el elixir de la vida. ¿Reminiscencias de Drácula? Sin dudas. El texto de Pizarnik aborda el aspecto vampírico del mito y lo explota. Una de las marcas de la obra es, justamente, el vínculo entre mujer, sangre y belleza.

[pullquote]Pensando en el trágico devenir de Alejandra Pizarnik podríamos afirmar que así como el vampiro necesita del fluido de un ser vivo para subsistir, del mismo modo la literatura se nutre de la experiencia vital de la escritora[/pullquote]

Podemos leer la sangre desde muchos lugares. Siguiendo a la filósofa Diana Maffia, la referencia más inmediata sería la sangre como prototipo de lo femenino, a la vez elemento tabú (en tanto connotación de lo impuro) y marca de entrada al universo de la sexualidad (en tanto prueba de fertilidad y vía de acceso al placer). «La Condesa Sangrienta» conjuga estos dos lugares de manera magistral.

Una segunda aproximación podría ser la idea de vampirismo. Al igual que un vampiro, Erzébet aleja la vejez sirviéndose de la sangre de sus doncellas (primero plebeyas, luego nobles). Y no lo hace únicamente mediante la implementación de diversos aparatos de tortura; en ocasiones ella misma muerde y mastica la carne. Lejos de asistir a un mero despliegue de sadismo, encontramos mucho de ritual profano en estos asesinatos. Su ejecución se prolonga en el tiempo; se repiten ciertos elementos simbólicos como el vestido blanco; en ocasiones se necesita de la colaboración activa de las víctimas, como en el caso de “la jaula mortal”. El vampiro también necesita más que la simple succión para acceder a la eternidad. Invariablemente establece un ritual que varía de versión en versión (tres mordidas, intercambio de sangre entre víctima y victimario, etc).

Pensando en el trágico devenir de Alejandra Pizarnik podríamos afirmar que así como el vampiro necesita del fluido de un ser vivo para subsistir, del mismo modo la literatura se nutre de la experiencia vital de la escritora. Estamos en el terreno de la palabra como goce. De ahí la carga erótica latente en toda La condesa sangrienta. Erzebet entra en trance mientras las doncellas aúllan de dolor frente al martirio. Les susurra palabras soeces, entra en un éxtasis alucinatorio: “sus últimas palabras, antes de deslizarse en el desfallecimiento concluyente, eran: ‘¡Más, todavía más, más fuerte!”

Pese al encanto de su belleza, el vampiro no deja de ser un reflejo, un ser que se encuentra en el medio: ni vivo ni muerto. Su sed lo conmina a matar noche tras noche en un ciclo eterno. Por eso, a pesar de su desenfreno, Erzébet no ejerce un verdadero poder. Su búsqueda nunca termina. Jamás está saciada. En ese ejercicio se pierde a sí misma, del mismo modo en que Pizarnik se disuelve (trágicamente) en sus textos.

* ¿Dónde seguir leyendo?

Alejandra Pizarnik: “La Condesa Sangrienta” – Libros del Zorro Rojo

José Emilio Burucúa / Fernando Gil Lozano(compiladores): “Zilele Dracului, las diversas caras del vampiro”

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