Plumas y jeringas: un primer acercamiento a las crónicas de Pedro “el grande»

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Tal como prometí en la primera columna, los invito a hacer una recorrida por algunos de los libros de crónicas, ese género tan noble para reflexionar sobre la realidad, que Pedro Lemebel ha escrito con majestuoso desenfado.

Sin dudas, comenzaremos con Loco afán, crónicas del Sidario, libro en el que detalla los efectos que el SIDA conllevó a la comunidad gay y travestida de Santiago de Chile. Sus crónicas son fotos, retratan un modo de vida y ponen en evidencia lo que otros quisieran mantener en las penumbras: que la sociedad es el crisol de la hibridez, que la supuesta homogeneidad no es más que una construcción social de poder.

Por eso, el mundo homosexual que muestra Lemebel es ese que quisiera ser silenciado, tachado del mapa social. Su nombre mismo, Loco afán, crónicas del Sidario da sentido a los textos: la temática que atraviesa no es otra más que esa realidad que contagia, enferma y mata, ese virus letal que acapara los cuerpos que han sido rechazados por un sistema que pretende invisibilizarlos si no encajan en el rompecabezas social.

Desde la primera crónica deja en claro que las “locas” que vamos a conocer no se reconocen en la estética gay importada. Lemebel presenta un discurso homosexual proletario y latinoamericano que se niega a aceptar el modelo gay globalizado, y que actúa como crítico social y defensor de los derechos de las minorías sexuales. Un texto leído por Lemebel en la Universidad Arcis en 1992, lo expresa claramente: “Acaso nunca nos dejamos precolonizar por ese discurso importado. Demasiado lineal para nuestra loca geografía. Demasiada militancia rubia y musculatura dorada que sucumbió en el crisol pavoroso del VIH”.

Hay en esa frase, y en todas las crónicas, una idea clara de resistencia política, lo gay y lo latinoamericano como unión insoslayable. Una identidad bien marcada que necesariamente se diferencia de los otros para poder ser. Desde esa posición, su lectura cruda nos lleva a vivenciar que, luego de varias botellas de pisco, las travestis ya están listas para aguantar el dolor de la herida por la que se pondrán, ellas mismas, las siliconas. Y en unas crónicas después, recuperamos un poco la risa al leer la interminable lista de sobrenombres que adoptan cuando el paso del tiempo y la carga del cero positivo necesitan de una dosis de poesía y humor.

La crónica “La noche de los visones (o la última fiesta de la Unidad Popular)” narra una serie de episodios que ocurrieron en la última fiesta travesti antes de la dictadura de Augusto Pinochet, en el fin de año de 1972. Revive los gestos congelados de las travestis invitadas a los patios de un centro cultural en donde parecían poder expresarse libremente sin el acoso ni la persecución gubernamental. Ilusión que se desmoronó con la furia de los años de dictadura que le sucedieron, pero que dio lugar a la creación de nuevos espacios, lugares sin nombre y esquinas oscuras en donde se continuó desafiando el poder hegemónico, entendido como la supremacía del sometimiento y la imposición.

Desde allí lucharon y sobrevivieron, como en este libro, como en todos los libros de Lemebel, en los que nos enfrentamos a un discurso ajeno a toda conciliación. Su estilo desenfadado nunca pretendió premios ni homenajes, sino traer al ámbito de lo público lo que tantos quisieran mantener por siempre en la oscuridad. Y lo hace tan bien que no podemos parar de leerlo. Porque con su pluma nos convoca como lectores críticos y nos hace reír con su humor crudo y frontal. Porque sus palabras-fotos nos muestran un paisaje fértil lleno de historias por conocer.

Porque sobran los motivos es que los invito a reencontrarnos en la siguiente columna, con más Pedro, más crónicas y más literatura.

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