sábado, octubre 23, 2021
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Puig: la banalidad como arma

“El Beso de la mujer araña” suscitó la más violenta censura. ¿Se debió a cuestiones políticas o estéticas?

Manuel Puig publicó “El Beso de la mujer araña” en 1976. La novela tiene como protagonistas a un guerrillero y un homosexual que dialogan en un contexto de encierro (la cárcel), y que ven sus identidades fuertemente interpeladas. Todas las noches (y a veces durante el día, porque en el espacio de la prisión se pierde la noción de tiempo y espacio) Molina le narra a Arregui el fragmento de una película. Del mismo modo que Scheherezade en “Las mil y una noches”, Molina va tejiendo una red alrededor de su compañero y seduciéndolo a través de la palabra.

Los motivos de la censura parecen obvios: un hombre procesado por corrupción de menores debate con un militante revolucionario acerca de arte, política y ética. Sin embargo, en este texto nada es lo que parece. Todo está, literalmente, travestido.

[pullquote]La introducción de lo kitsch, en apariencia un reflejo ingenuo del “arte del mal gusto”, deviene en toma de posición. Molina opone al encierro forzoso su propia apuesta, sus propias reglas: la supremacía del el goce y –sobre todo- de la belleza. [/pullquote]

El escritor Néstor Perlongher nos habla, al respecto de la novela, de un texto que desplegaría una cierta “estética de la banalidad”. Es decir: una literatura que se mueve entre el cliché, la superficialidad de los mass media, el pastiche y los lugares comunes. La obra está atravesada por lo kitsch y lo grotesco. Sin embargo, “El beso de la mujer araña” a su vez expone cierto discurso que se pliega, se dobla, se tuerce. Es potente porque interpela al lector ahí donde éste menos lo espera: en la grieta, la hilacha.

Siguiendo esta línea, creemos que la obra provocó la más estricta censura no sólo porque sus protagonistas constituyeran una amenaza moral y política al sistema, sino porque la estética misma de Puig resultaba completamente corrosiva. El cuerpo de los personajes y el cuerpo del discurso se encuentran atravesados por esta apuesta, por esta subversión o travestismo.

La introducción de lo kitsch, en apariencia un reflejo ingenuo del “arte del mal gusto”, deviene en toma de posición. Molina opone al encierro forzoso su propia apuesta, sus propias reglas: la supremacía del el goce y –sobre todo- de la belleza.

Y ciertamente, ¿quién mejor que Molina para protagonizar la novela? Se trata de alguien que encarna en sí mismo el ideal de completud, que no está limitado por el género adscripto biológicamente. No se define como hombre. Tampoco como mujer. Cuando lo hace, se refiere a sí mismo como a una “loca”. Es decir: se ubica por fuera del binarismo. Molina demuestra, al decir de Perlongher, que el género difícilmente pasa por “lo que está entre las piernas”.

En un intento homogeneizador podríamos pensar que Molina representa para el imaginario colectivo, ése que constantemente dialoga con nosotros desde las notas al pie, el prototipo de homosexual pasivo. En su relación sexual con Valentín adopta el rol femenino en tanto él es el penetrable. Sobre el final del relato Arregui le pedirá, de hecho, que no se deje someter (ambos identifican el rol femenino con la subordinación).

Existe, no obstante, otra faceta de este “devenir mujer”. Molina no hará gala de un rol pasivo sino que irá tejiendo su red, seduciendo a Arregui mediante la narración de las películas. Logrará que prime su apuesta inicial: la supremacía del goce estético. Y en este proceso él mismo deviene heroína.

Los relatos enmarcados establecen un juego especular y de alguna manera anticipan el desenlace fatal de la novela. La palabra es asumida como condición de cambio. Asistimos a una suerte de travestismo final en el cual Molina muere como “militante” cuando es asesinado a tiros, y Valentín asume el rol de narrador en medio de la agonía alucinatoria causada por la morfina. Ambos han podido devenir sustraerse al mandato externo y devenir, plenamente, sujetos.

¿Dónde seguir leyendo?

Manuel Puig: «El beso de la mujer araña» (ediciones varias)

Néstor Perlongher: «Breteles para Puig» (en Prosa Plebeya, ediciones varias)

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