sábado, octubre 16, 2021
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Siete casas vacías: el pavor de lo cotidiano

Siete casas vacías de Samanta Schweblin es un libro compuesto por seis cuentos cortos y uno largo que atravesamos experimentando sensaciones varias que nos dejan casi agotados. La gran capacidad de esta escritora de crear atmósferas densas que incomodan al lector es digna de resaltar como uno de las características más sobresalientes de su literatura. Los siete cuentos relatan historias que se mantienen en el plano de lo real pero cada narración pone al descubierto formas de comportamiento humano que nos generan una sensación de incomodidad casi agobiante. Se ponen en evidencia esos sentimientos que penetran en lo cotidiano y que tantas veces quisiéramos evitar. Los miedos, las enfermedades, la vergüenza y la violencia marcan el ritmo de las relaciones de los personajes y nos llevan a pensar en nuestra propia cotidianidad.
Comenzamos leyendo “Nada de todo esto”, el primer cuento cuya historia se basa en una hija que acompaña a su madre a recorrer casas grandes y lujosas para luego elegir una e invadirla, introduciéndose en ella sin permiso y apropiándose del espacio y los objetos que son ajenos. Seguimos con “Mis padres y mis hijos” donde nos encontramos con una pareja que está separada y vive una situación estresante cuando los pequeños hijos se esconden junto a los abuelos paternos y los encuentran jugando desnudos junto al ventanal de living. En “Pasa siempre en esta casa”, una mujer se la pasa recogiendo la ropa del hijo muerto que sus vecinos tiran sistemáticamente a su patio. “La respiración cavernaria” es el cuento más largo del libro y relata la historia de Lola, una anciana que está enferma de la cabeza y cuya vida gira entorno a escribir listas y embalar sus pertenencias en cajas como forma de prepararse para la muerte. A su vez, esa fragilidad disfraza un matiz oscuro que la lleva a manipular a su esposo para que también viva en un constante desconcierto y martirio. Luego, continuamos con “Cuarenta centímetros cuadrados” en donde el relato en primera persona de una mujer refleja cómo la desorientación acerca del rumbo que puede llevar la propia vida, se mezcla con lo difícil que se vuelven las relaciones familiares cuando no tenemos claro cómo encarar los altibajos de nuestra existencia. “Un hombre sin suerte” es quizás el cuento con menos densidad narrativa pero que, sin embargo, mantiene latente un costado que todo el tiempo amenaza con rozar lo perverso y te sostiene en alerta hasta el final donde, por fin, se puede respirar. Un desconocido termina robando una bombacha para una niña que se quedó sin la suya luego de que el padre utilizara la de ella para avanzar rápidamente hacia el hospital. Por último, nos enfrentamos a “Salir”, una historia que nos estampa en la cara nuestros propios fantasmas a la hora de enfrentar ciertas discusiones. Una mujer que está peleando con su marido, sale de la casa en bata y con el pelo mojado y vive una secuencia extraña al subirse a pasear en el auto de un desconocido. La escena en la calle se va volviendo cada vez más inquietante, tanto que nos lleva a pensar si todo lo que ocurre no podría ser más que un sueño de la protagonista. Pero no, la mujer finalmente vuelve a la casa y se encuentra con que su mecanismo de evasión no fue suficiente como para cambiar el curso de las cosas.
Siete casas vacías es un libro que por momentos abruma tanto que nos sentimos tentados de dejarlo a un costado. Sin embargo, pasa algo excepcional que nos lleva a ubicar a Samanta Schweblin al nivel de una de las escritoras más extraordinarias de los últimos tiempos. No podemos abandonar la lectura: cual niños que se tapan la cara pero la curiosidad los impulsa a seguir espiando, preferimos enfrentarnos a lo que los personajes y sus historias nos provocan.
Menos mal que el impulso es más fuerte, el libro vale ese empujón de coraje.

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