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Tenía que ser viernes 13

Selección Nacional.- ¡Qué poca liga tiene esta selección del tata! Jugó un primer tiempo de lo mejor que hemos visto en mucho tiempo, y más teniendo en cuenta que enfrentábamos a Brasil (a pesar de ser el peor de la historia, siempre es Brasil). Presionamos en toda la cancha: con Otamendi y Funes Mori anticipando permanentemente, con Biglia y Mascherano -parados unos metros más adelante haciéndose patrones de la mitad de la cancha- abasteciendo a un iluminado Di María, que enloqueció a David Luiz, y con la sorpresiva aparición de Roncaglia en el ataque tirando unos centros con mucha rosca que desesperaban a los centrales brasileros y a su arquero (que la verdad que parecía arquero de metegol).

Lavezzi lo desbordaba a Wiliams y también enviaba centros que si no fueron gol fue porque al pipita hay que hablarle en italiano para que la meta. De todas formas, sobre el final del primer tiempo, una pelota robada por Biglia que se la dio a Di María, y el Fideo, con categoría, le da un pase “riquelmeano” al Pipita que como si estuviera en el San Paolo, le da un pase/asistencia al Pocho que de caño bate al arquero de metegol brasileño.

En el segundo tiempo, una gran jugada de Banega termina en en el palo y no nos quedó el rebote. A partir de ahí el modestísimo Brasil empezó a circular la pelota, el técnico Dunga (resistido por la torcida, ya en su primera incursión como técnico del scratch) sacó al inoperante Oliveira por la nueva “joya” Douglas Costa, y en una jugada muy bien elaborada (cambio de frente de Neymar a Dani Alves, pase-asistencia a Douglas, cabezazo a contra-pierna de Chiquito, travesaño) la alegría es brasileña por el rebote que le quedó a Lima y uno a uno.

De ahí en más, la selección jugó con el alma y apretó a Brasil contra su arco, pero no ligamos: Rojo dos veces, Di Miaría, casi Dybala, pero no pudo ser, solo quedó tiempo para la expulsión de David Luiz que se lo llevó puesto al guerrero Biglia.

Conclusión, nos quedamos con dos puntos, con sensación de injusticia por el resultado, pero con la frente alta y así lo reconoció todo el estadio aplaudiendo al equipo. Dejo para el final esa imagen de Rojo llorando al salir de la cancha, apretando el banderín con una fuerza que me hace pensar que la garra, el corazón de este equipo, está intacta.

¡Vamos Argentina!

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