sábado, octubre 16, 2021
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Tocqueville y la tendencia igualitaria de la democracia

Hace casi 200 años, Alexis de Tocqueville escribió que si se revisara los hechos más importantes de los setecientos años anteriores de la historia de su Francia natal, se vería necesariamente un continuo avance haca la igualdad de condiciones. Fue en la introducción de su Democracia en América, escrita tras dos años viviendo en el incipiente Estados Unidos, en 1835, en donde presentaba una visión de la democracia que tenía que ver más con una forma de vida que simplemente con un sistema de gobierno.

Para Tocqueville, los habitantes de los Estados Unidos tenían una visión más igualitaria de las condiciones sociales de existencia de las comunidades humanas. Parecía, para él, el paso necesario al que habría de llegar toda sociedad: Francia había superado la esclavitud a comienzos del primer milenio, cuando ni siquiera había vestigios de lo que luego sería un Estado nacional, había iniciado las cruzadas «en nombre de la libertad» y había adoptado una fe cristiana que apuntaba necesariamente a la igualdad. Antiguos siervos habían visto el camino correcto en el sacerdocio y se habían visto luego por encima de los otrora preclaros nobles. Las masas, incluso, habían apoyado una revuelta sin parangón, logrando imponerse sobre el rey, estableciendo una república en 1789. Si bien Tocqueville no se encontraba a gusto con ciertos aspectos del gobierno de Orlèans, lo cierto es que seguía pensando que era indefectible el camino hacia la igualdad.

Pero cuando el abogado-político-historiador francés se refería a la igualdad, tomaba conciencia de lo importante que era una igualdad civil, política y de oportunidades a escala social. En ese sentido, su formación en un hogar católico le había otorgado cierto extracto propio del cristianismo redentor que buscaba la igualdad entre todos los cristianos (lamentablemente, no entre todos los humanos). Así, si bien proclama que un régimen que acepta la esclavitud nunca ha de progresar, entiende que el sur esclavista estadounidense se escinde de su par septentrional en cuanto a su fuerza moral y su posibilidad de industrialización.

Cuando Tocqueville escribía estas cosas, Argentina era un rejunte de Provincias Unidas del Sur que habían firmado recientemente (y de forma apresurada) su independencia de la madre patria española. Lejos de establecerse como nación moderna, las Provincias Unidas habrían de pactar con el Reino Unido la supresión de la esclavitud en 1840, supresión que se haría efectiva recién con la Constitución de 1853 (a diferencia de lo que suele creerse, en 1813 se decretó la libertad de vientres, pero se tardó cuarenta años más en abolir la esclavitud. Igualmente, la opinión general de la élite ilustrada rioplatense era contraria a la esclavitud). Aún así, muchas de las ideas «progresistas» del viejo continente ya eran parte del imaginario cultural de cierta élite ilustrada del Río de la Plata. De hecho, San Martín, Sucre o Bolívar son, justamente, vivas expresiones de las conjuras europeas en nombre de la igualdad y libertad de los pueblos.

En todo caso, las prolegómenos de Tocqueville sobre la predictible dirección hacia la igualdad, que había nacido en el centro de Europa hacia el año mil, no fueron sólo un una consumación ideológica del autor. Estas ideas, que se hacían fuerte en Europa, siguieron su camino necesariamente evolutivo hacia la democracia y se expandieron a través de los océanos y mares. A tal punto se expandió, que hacia el 1850 ya era norma obligada de la vida civilizada. De hecho, la consigna sarmientina de «civilización o barbarie» es una consigna propia de este tipo de pensamiento. La igualdad de oportunidades, circunscrita a una raza, un color de piel, un status social en particular, se volvió estandarte del aluvión civilizador.

Fue esa misma consigna la que permitió que Inglaterra se ocupe de llevar la civilización a los lejanos territorios de India o China, por ejemplo. O que Alemania, Francia y Holanda se repartan buena parte de África. El ímpetu civilizatorio se encargó de juzgar una verdad como absoluta y servirse de ella para la dominación de los bárbaros, innobles, defectuosos, inferiores seres humanos que habitaban en otras latitudes. Argentina tomó con fuerza ese discurso: llevó la civilización al sur, conquistando el desierto, y llamó a los inmigrantes europeos para poblar la tierra nuestra, plagada de vagos e ignorantes americanos.

Tocqueville murió en 1859, no llegó a ver el fracaso de la comuna de París, que llegaría doce años después. No vivió la guerra franco-prusiana tampoco, ni el comienzo de la primera guerra mundial. No sobrevivió para advertir los horrores de la segunda guerra mundial ni los procesos de descolonización mundial que significó la transformación de colonias europeas alrededor del mundo, en países independientes que, en realidad, se volvieron virtualmente dependientes de sus anteriores dominadores. Si hubiese vivido cien años más ¿qué opinaría de una democracia que se resignificó para admitir en ella todo tipo de desigualdades?

En este año eleccionario en nuestro país, con tantas listas que presentan infinidad de nombres que conocemos de antaño, cuesta imaginar un verdadero cambio en ese sentido. Pareciera que la democracia sigue constituyendo un gobierno para unos pocos que disfrutan de las libertades, conveniencias y usufructos que permite la política. La vía indefectible hacia la igualdad parece haber perdido su norte. O, quizás, Tocqueville era realmente demasiado optimista, y el camino hacia la igualdad era uno que transitaban unos pocos, esos que hoy se consideran iguales entre ellos, y nada más.

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