Un segundo enfoque sobre los atentados

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La primera vez que el mundo occidental se vio abofeteado por una tragedia de gran magnitud fue el 11 de septiembre de 2001. Dos aviones colisionaban con las Torres Gemelas en Nueva York. Un tercer avión lo hacía en el Pentágono, en tanto un cuarto avión, con intención de estallar en el Capitolio en Washington, terminó cayendo a campo abierto.

La sociedad toda, a través de los medios de comunicación masivos, pudo ver imágenes desoladoras. Pudo ver como el vuelo 11 de American Airlines y el vuelo 175 de United Airlines se estrellaban en el World Trade Center. Pudo ver cómo un hombre, en su desesperación, saltaba del edificio al vacío. Pudo comprender de inmediato que todos los pasajeros de diversas edades de los cuatro vuelos habían muerto y quienes estaban en los edificios o las inmediaciones en ese momento no vivirían para contarlo.

Rápidamente, el gobierno de los Estados Unidos, calificaba a los terribles acontecimientos como ataques terroristas, producidos, como luego se podría saber, por la red de yihadistas Al Qaeda, liderada por un tal Osama Bin Laden, quien se convirtió luego en un nombre conocido por todos.

Por esos atentados, fallecieron 2973 personas y 6000 resultaron heridas.

El 8 de enero Francia conocía lo que era un atentado en carne propia. Un ataque yihadista masacraba a los empleados de la revista Charlie Hebdo. La ira de la población occidental se tradujo en una frase, Je Suis Charlie Hebdo. Se apropiaron del sentimiento francés y lo convirtieron en un sentimiento mundial (u occidental). Que un atentado se cobrara la vida de personas francesas, en la cuna de la cultura y la revolución que cambió el rumbo de la historia mundial, era impensado.

Doce personas vieron finalizar su vida en su lugar de trabajo ese día.

La noche del 13 de noviembre de 2015 el mundo entero se mantuvo en vilo por los atentados acontecidos en el Club Le Bataclan de París. De pronto la frase Je Suis Paris colmaba las redes sociales y los carteles de la gente que había salido a la calle para repudiar los actos terroristas. Facebook había dado la opción de cambiar la foto de perfil y colorearla con los colores de la bandera francesa. Así, la cara de mucha gente en esa red social era azul, blanca y roja.

Varias personas habían asistido al show de Eagles Of Death Metal sin saber lo que iba a suceder después. Unos cuatro hombres ingresaron a la sala para disparar sobre el público y la banda por diez minutos, dejando un saldo de 87 muertos y más de 130 heridos.

Ayer, Bélgica tampoco fue inmune al terrorismo, su aeropuerto principal y una estación de subte ubicada en un barrio céntrico en Bruselas, fueron los lugares elegidos por Estado Islámico para demostrarle a Europa que siguen más activos que nunca. Murieron allí 34 personas.

Nuevamente el mundo occidental lamentaba la pérdida de personas inocentes, que se encontraron en el lugar equivocado en el momento equivocado.

Nuevamente Medio Oriente, de la mano de Estado Islámico, había causado un daño irreversible en el mundo.

Europa se puso en alerta y advirtió que lo sucedido tendría consecuencias para Medio Oriente, ya que Estado Islámico se había adjudicado los lamentables hechos.

La dicotomía amigo-enemigo resurgió como un fuego que lo quemaba todo. La palabra “terrorismo” volvió a pisar fuerte. Se la pudo ver en la televisión, en los diarios, en las redes sociales. Se la escuchó en la radio, en la calle, en las universidades.

Cientos de personas murieron en manos del terrorismo perpetrado por Al Qaeda y Estado Islámico.

Pero millones murieron por las guerras provocadas por Europa en Medio Oriente, Asia y África. Miles perecieron en los mares al intentar huir de la violencia y la muerte que Europa perpetra en sus países, como el pequeño, Aylan Kurdi, de tres años, ahogado en una playa de Turquía al intentar escapar de la guerra en Siria.

Aunque la triste muerte del pequeño fue reproducida en fotos, artículos y dibujos alrededor del mundo, las otras vidas perdidas fueron silenciadas por los medios hegemónicos que construyen una visión occidental sobre los acontecimientos que toman lugar en todo el mundo, tal como la crisis de refugiados, que a pesar de haber sido informada, omite muchas veces su origen.

Los refugiados, que huyen de una guerra en la cual participan los países europeos, son rechazados una y otra vez por el continente que destruyó sus hogares. Son cosificados y manejados cual elementos indeseables que lo único que hacen es interferir con el bienestar económico europeo y su forma de vida.

Tanto el 11 de septiembre de 2001, como enero y noviembre de 2015, y lo sucedido ayer, invadieron mi mente de manera rápida y vertiginosa. Los medios de comunicación masivos se encargaron de que eso sucediera. Las imágenes en la televisión me abrían los ojos, y yo miraba sorprendida y triste. Los titulares de los diarios en internet llenaban mi página de inicio en Facebook y Twitter. Los comentarios de solidaridad alrededor del mundo se multiplicaban por miles. Las frases icónicas de Je Suis París, o Pray for Belgium eran trending topic en Twitter.

Sin embargo, el 19 de marzo pasado, mi día comenzó como cualquier otro. En las redes sociales no había nada sorprendente, en los diarios tampoco. Hasta que de pronto me entero que en Turquía habían tenido lugar dos atentados, uno en Ankara y otro en Estambul. Lo supe por las publicaciones en facebook de una amiga que es de Turquía. No lo supe por La Nación, o Clarín, Infobae o El País.

Estado Islámico golpeaba de nuevo a la humanidad, pero nadie decía nada. Acaso Turquía no le importaba a nadie. Nadie decía Yo Soy Turquía con la vehemencia que se propagó cuando los atentados en Francia. Nadie rezaba por Turquía. Nadie dibujaba nada alusivo a lo sucedido en solidaridad a las víctimas y al país.

Verdaderamente no me extraña que los atentados en Ankara y Estambul no hayan sido fuente de rezos, solidaridad, dibujos, carteles en la calle o una foto de perfil en Facebook de color rojo con la luna y estrella blancas.

Lo que pasó con Turquía es que no es un país de Europa, así como tampoco lo son Siria, Palestina (o lo que queda de ella), el Líbano, Macedonia, Uganda, Ruanda, o México (que a pesar de que en su momento el asesinato de 43 estudiantes normalistas fue noticia mundial, hoy ya nadie lo recuerda) entre otros tantos países que sufrieron y sufren la violencia estadounidense y europea desde hace siglos.

Pero eso no es noticia.

La hegemonía mediática se encarga que no lo sea. Los medios construyen empatía a través de sus producciones para que recemos por París, para que seamos Charlie Hebdo y para que compartamos en facebook, aterrados, dibujos sobre Bélgica para poder así ser solidarios.

Nunca fui fanática de la teoría de la aguja hipodérmica. Nunca pensé que la gente fuera tan sumisa como para recibir solamente aquellos mensajes que los medios querían y quieren que recibamos la sociedad toda. No creo que los medios puedan decirnos que pensar, cómo pensarlo y de qué manera difundirlo. Pero sí sé que pueden elegir qué decir, la manera de hacerlo y el sector social al que desean dirigirlo.

Entiendo que son funcionales a las potencias mundiales y las ayudan a construir discursos a través de noticias, fotos y videos.

Intentan bombardearnos con contenido cargado de puntos de vista occidentales. A veces lo consiguen. A veces no.

No tardó en surgir la hipótesis de que los atentados del 11 de septiembre habían sido perpetuados por el mismo gobierno de Bush para justificar así la invasión a Medio Oriente, en pleno siglo XXI y conseguir así petróleo para abastecer a la sociedad consumista más grande del mundo.

No tardaron en proliferar los comentarios de aquellas personas que alguna vez en su vida entendieron que leer historia era importante para entender lo que sucede en el presente.

Francia lloró por los fallecidos en su territorio, pero no lloró cuando atacó a Marruecos y Argelia en el siglo pasado, convirtiendo esos territorios en colonias y sometiendo su soberanía nacional. Francia se olvida que fue ella la que tiró la primera piedra al establecer colonias cual clásico país imperialista. Francia tiene amnesia, cuando omite que brindó armas a los grupos rebeldes de Siria, promoviendo una guerra civil.

Bélgica, que defiende la democracia y la libertad, no recuerda su época de país imperialista. No recuerda cuando pisoteó la soberanía de las tierras africanas al tomar posesión del Congo. Bélgica es hoy uno de los países que más está luchando en la Unión Europea, junto a Alemania, para cerrar definitivamente las fronteras y que los refugiados no puedan ser acogidos.

No intento justificar los atentados ni mucho menos. No es mi intención. Pero me parece importante entender cómo llegamos a esta situación aberrante, en la cual las guerras son pensadas desde una oficina bien decorada por una persona con dinero que con tal de obtener más, no le importa quitarle la vida a personas inocentes que nada tienen que ver en la lógica capitalista de obtener ganancias al costo que fuere.

Aunque los medios intenten difundir discursos, que como dije anteriormente, son funcionales a las potencias mundiales, es cuestión de tiempo para que surjan aquellos discursos que son contrahegemónicos. Aquellos discursos que saben leer entre líneas y aportar conocimiento de forma crítica.

La situación deplorable que atravesamos como raza humana requiere de una autocrítica inmediata. El nivel de interés por la vida humana que tenemos depende de el lugar geográfico donde haya sucedido la tragedia. Este comentario lo vi plasmado de manera brillante en un mapamundi que pulula por facebook y que pinta de distintos colores las áreas geográficas de nuestro planeta según la importancia que le da la gente a la muerte de seres humanos ocurrida por desastres naturales o humanos. Si una tragedia sucede en Estados Unidos, Australia o Europa, la gente exclama apenada ” Qué terrible tragedia”. Si una tragedia toma lugar en Sudamérica, México o la India, la sociedad piensa “Eso es triste. Si una tragedia acontece en Centroamérica o Rusia, pues “Bueno, la vida es así”. Ya si algo pasa en Medio Oriente o las islas ubicadas abajo de China (como Indonesia, Papua Nueva Guinea o Filipinas) sorprende, ya que muchos ni siquiera saben que esos países existen. Para finalizar, el dibujo del mapamudi marca a África como el continente al que básicamente no le importa a nadie.

Me parece sorprendente como un dibujo puede simplificar de manera tan acertada la hipocresía humana alrededor del mundo, o más específicamente la hipocresía de la sociedad occidental. Lloramos hoy una tragedia que mañana pasa al olvido. Fiel reflejo de esta reflexión, es el hecho que ayer el trending topic mundial era #Belgium. Hoy es #NationalPuppyDay.

Invito a quienes lean esta pequeña opinión a que reflexionen realmente sobre que tan bajo hemos caído como personas, que nos importa más pasar el tiempo consiguiendo me gustas en facebook y retweets en Twitter, que salir a la calle a pedir que este flagelo a las vidas humanas termine ya. 

Seamos el mundo, recemos por él, y más aún, luchemos juntos para salir de esta etapa de sangre y odio.  No clasifiquemos en distintos niveles de importancia las injusticias que sufren todas las personas alrededor del mundo. No omitamos los atropellos perpetrados por Estados Unidos y Europa y lloremos luego los atentados. Seamos solidarios con todas los inocentes que mueren por intereses económicos y políticos, tanto en México como en Bélgica, tanto en Estados Unidos como en Uganda. Modifiquemos la realidad que tanto nos duele y seamos críticos sobre la situación que estamos pasando.




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