Viviendo con el enemigo: una ola de pasión en la postguerra

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Keira Knightley se mete en la piel de una mujer de época, por enésima vez, para retratarnos el romance prohibido de una británica y un alemán, que no es nazi, en las ruinas de Hamburgo, luego de la Segunda Guerra Mundial.

“Viviendo con el enemigo” nos cuenta la historia de Rachel Morgan, interpretada por Knightley, la esposa de un coronel inglés que viaja a Alemania a reencontrarse con su marido que está tratando de poner en orden a la ciudad y a los pobladores locales, desesperados por el hambre y por las pérdidas de la guerra.

Ambos se mudan a la casa de un arquitecto viudo alemán, un entregadísimo Alexander Skarsgard, pero en lugar de enviar al dueño de casa y a su hija a un campamento de refugiados, el coronel les permite quedarse en casa, con la condición de que se limiten a habitar la segunda planta de la mansión.

Esta cinta plantea su estrategia desde el momento uno. Cuando vemos las interacciones iniciales entre Stefan Lubert, el personaje de Skarsgard, y Rachel, sabemos que algo terminará ocurriendo entre ellos. No estamos seguros si se terminarán matando o amando, pero de que algo pasará, algo pasará.

Un romance muy esperado

Los gestos contenidos de Keira y Alexander, marcados por el inmenso dolor por las pérdidas que sus personajes sufrieron, son convincentes. Y su química en escena es quizás lo que más resalta en la primera mitad del largometraje. El problema radica en que pasan del odio y el recelo a la pasión desenfrenada, llegando incluso al descaro absoluto, en cuestión de minutos.

No sabemos si es por la evidente fracción en el matrimonio inglés, por la incapacidad de expresar sus sentimientos, por el ahogo al vivir todos en un mismo espacio, porque finalmente descubrió que Lubert podía ser alemán, pero no había sido un nazi, o simplemente porque se dio cuenta de lo guapísimo que se veía Alexander Skarsgard….

Sea como sea, el climax romántico llega muy rápido y es altamente esperado por el espectador, como una bomba que sabes que va a estallar en cualquier momento.  La historia pierde la naturalidad con la que inició y nos embarcamos en un romance intenso y lleno de promesas de amor que parecen imposibles y forzadas.

Un trío protagonista de oro

Pese a sus falencias, el trío protagonista brilla al estar junto en escena y consigue mantener el suspenso en los últimos 15 minutos en pantalla. El porte y clase al que Knightley nos tiene acostumbrados en este tipo de películas sobresale y es totalmente creíble. Jason Clarke cumple como el típico militar incapaz de expresar abiertamente lo que siente.

Y Alexander Skarsgard nos roba el corazón con una última mirada, en su escena final, que nos desagarra el alma y que termina de cuajar la personalidad de su personaje. Cabe resaltar que las escenas en las que habla alemán estuvieron muy bien desempeñadas, pese a ser un idioma que confiesa “no dominar en absoluto”.

La cinta resalta en los aspectos técnicos. La reconstrucción de Hamburgo destruida por la guerra es fabulosa. Los vestuarios están perfectamente adecuados a la época, la fotografía que apuesta por los tonos fríos y la intensa banda sonora ayudan a que el espectador realmente se sumerja en el lejano 1946.

“Viviendo con el enemigo” es una película interesante, una mirada diferente de la guerra, que de haber tenido 30 minutos más de desarrollo, hubiera terminado convirtiéndose en un clásico instantáneo del cine bélico.




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